Vida metalúdica. ¿Realmente la quieres?

Como una garra gigantesca clavada en el cielo, la fortaleza de Mampang es una imagen de funestos presagios que se ha quedado grabada en tu mente. Aunque se trata de la meta de tu misión, su aparición en la lejanía no te proporciona ninguna sensación de alivio. Sientes más bien temor ante los peligros que te esperan. No obstante, emprendes el camino hacia el gran castillo que se divisa en lo alto (…)

 

Pocos inicios de un libro juvenil son tan reveladores, tan emocionalmente chocantes,  como el que abre La corona de los reyes (Steve Jackson, 1985) y da rienda suelta a una espeluznante aventura entre los fríos muros de la fortaleza, hogar del funesto archimago de Mampang. Además, el protagonista de la historia es el lector: o sea, tú. Pero, ¿quién habla aquí de literatura fantástica? ¿Quién habla de un juego para adolescentes? Yo desde luego no veo nada de eso en este comienzo.

Una espeluznante aventura entre los fríos muros de la fortaleza, hogar del funesto archimago de #Mampang. Clic para tuitear

En realidad, vemos a un individuo a punto de enfrentarse a lo desconocido. La fortaleza de Mampang (el futuro) es un lugar peligroso. Ya nos amenaza en la distancia enviándonos una imagen de “funestos presagios” (el miedo) a los que deberemos enfrentarnos para triunfar en la misión (el objetivo). A pesar de todo, sigue avanzando (la determinación) con la esperanza de salir finalmente victorioso (el éxito).

Sin las palabras en cursiva del párrafo anterior, la narración habría sido un claro ejemplo de aproximación metalúdica a un texto, en principio, dedicado al entretenimiento. La manera de trivializar contenidos con una carga significativa importante solo porque aluden a temas “poco serios” siempre ha hecho mucho daño a la educación (aunque a veces los dragones – con madres muy humanas – son mainstream y nadie protesta). Y por educación no me refiero a un proceso que concluye al dejar la escuela. Está claro que la educación es una constante en el desarrollo personal.

Evitar el pensamiento metalúdico es evitar pensar en la vida como una sucesión de actos y consecuencias. Como siempre, el cine y la literatura nos pueden ayudar mucho, a pesar de que hay una ingente cantidad de material (Carl Sagan añadiría que el truco consiste en saber qué libros leer). Lo malo es que nos acercamos a un libro o a una película (sobre todo si es de corte fantástico) con la actitud de “eso no me puede pasar a mí; total, los dragones no existen”. Claro que existen. Los ves todos los días.

Lo que pasa es que el pensamiento metalúdico te impide reconocerlos.

metalúdica

Puedes probar en dejar de ver espacios en blanco cuando tengas ante ti una historia llena de magia y acción, de monstruos y héroes. Eso hará que te replantees los elementos de la historia que estás viendo, o leyendo, y los conviertas en los elementos de tu vida. Que la hagas partícipe de tu propia historia y tú seas el protagonista. Requiere cierta práctica, desde luego, pero merece la pena.

Evitar el pensamiento #metalúdico es evitar pensar en la vida como una sucesión de actos y consecuencias. Clic para tuitear

El pensamiento metalúdico deja entrar en nuestra vida el elemento de azar como algo consciente. Con el azar nos dejamos llevar de la mano por el gran enemigo que es el destino. Caemos en una espiral de sentimientos que nos dicen “total, esto ya no me sirve” o “qué importa que lo haga; ya no hay solución”. Ya. Pero, ¿quién tira los dados? ¿Quieres tirarlos tú, esperando obtener el mayor resultado posible? Si lo haces, caerás para siempre en el oscuro poder de la aleatoriedad y te dejarás llevar por la sensación de estar dominado por algo más poderoso que tú. No es cuestión de quién tira los dados. El secreto radica en no tener que hacerlo.

Habrá un momento en el que te encuentres solo ante la oscura fortaleza. No esperes que el destino sea justo, porque no se rige por la justicia que tú buscas. En el corazón del laberinto se encuentra el adversario supremo, el archimago. Habrás de medirte con él cuando tus fuerzas estén a punto de agotarse.

Y los dados no te ayudarán.

Hemos creado a los dioses y a los héroes a nuestra imagen y semejanza. La razón es simple: necesitamos alguien a quien admirar, algo en lo que creer. Uno de los mayores errores del mundo civilizado, el famoso paso del mito al logos, ha relegado a un segundo plano el papel fundamental del pensamiento simbólico en nuestras vidas, convirtiéndolo en un objeto lúdico carente de un valor serio. Ahora solo podemos acceder a él a través de pensamientos metalúdicos, y así nos va. En una lucha constante entre el “no puedo hacerlo” (el logos) y el ideal “lo haré” (el mito) hay un bosque tan lleno de sombras que muchos se pierden entre su espesura. Victor Hugo habla de este bosque con verdadero pavor:

 

Los árboles son como mandíbulas que roen (…)

Y la tierra alegre

Mira la selva formidable comer.

 

Sin darnos cuenta, buscamos constantemente la presencia del mito en nuestras vidas (algunos lo llaman evasión): en el cine, en las series ahora tan de moda, en la ficción, incluso en el fútbol (en el deporte rey es muy, muy fácil encontrarlo: ¿no endiosamos a los jugadores, no los tratamos como a héroes, no les imitamos? ¡Si incluso hay cancerberos en las porterías!). Las palabras de poder flotan en el aire en esos momentos de búsqueda. El “lo haré” muta en un “quiero ser como ellos”. Seamos razonables: no serás como ellos, no es tan literal. Pero si observas atentamente, puedes aprender sus procesos, su mecánica interior, su forma de abrirse camino por el bosque y de encontrar la salida en los recovecos del laberinto.

Sin darnos cuenta, buscamos la presencia del #mito en nuestras vidas (algunos lo llaman evasión). Clic para tuitear

Cine, libros, deportes. Da igual. Como dijo Gandalf en un momento difícil, cuando se encontraba frente a la fortaleza, a punto de enfrentarse al archimago, “este rival nos supera a todos”. Lo mismo ocurre con el mito. Para Jean Chevalier, los mitos son una dramaturgia de la vida interior. Pero debemos estar a su lado para que nos ayuden y no disfrazarlos de caricaturas infantiles en las que nadie cree (y los niños aún menos). Y lo mismo ocurre con la vida.

Nos supera a todos.

 

(Artículo aparecido en helpyu.es).

 

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