Paraíso desencadenado (2 de 3)

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En esta segunda parte hay alusiones a “El cuervo”. La belleza de la nostalgia; las similitudes entre la cinta y el poema de Poe son frecuentes.

Regreso al Paraíso

Un primer plano de un cuervo sobre la cruz de la iglesia. Luego, mientras vuela hacia la lápida gris de Eric Draven, grazna dos veces. La niña que acaba de dejar flores como recuerdo hace una pregunta directamente al ave, de forma casual y divertida, y grazna dos veces más. Son solo sonidos animales, pero ¿no sabemos que el amante desconsolado del poema pregunta varias veces al cuervo, y éste siempre responde lo mismo? Recordamos aquél “cuervo torvo, espectral” cuyo nombre es “nunca más” que entra volando por la ventana y contesta todas las extrañas inquietudes del amante. Pero en esta ocasión el cuervo no se mantiene inmóvil sobre el busto de Atenea, sino que picotea varias veces la lápida de Eric Draven.

Es evidente que el apellido Draven no fue elegido al azar. Fue un añadido en el guión de la película sobre la novela gráfica, en la que sólo se mencionaba el nombre de Eric. Pero al incluir raven en el nombre completo, se forma una conexión nominal clara entre el hombre y el ave que ayuda al espectador de habla inglesa a identificarse inmediatamente con los dos. Es una relación necesaria ya que, aparentemente, es el cuervo el que hace que esa misma noche se abra la tumba y de ella surja Eric arrastrándose, gritando de dolor, como si acabara de nacer. Y en parte así es, pues emerge de la tierra, símbolo universal de la Gran Madre y fruto de la unión con el cielo, simbolizado por el cuervo. Vemos al ave de nuevo como un mensajero de la muerte tal y como se concebía en el Mahabharata, y adquiere un poder tal en la historia que es el cuervo, y no el hombre, el verdadero protagonista.

Lluvia y tinieblas barren la atmósfera de #Detroit. Clic para tuitear

 

Iniciación

El Eric renacido se tambalea por callejones oscuros hasta llegar a su casa, acordonada por la policía como escenario del crimen y que ahora se encuentra fría y deshabitada. Inmediatamente comienza a tener recuerdos vívidos de lo ocurrido allí hace un año, de cómo Shelly fue violada y cómo a él le arrojaron por el ventanal, a través del cual entra ahora la lluvia y la oscuridad de la noche. Por una ventana había entrado el cuervo en la estancia ricamente amueblada del amante, pero en esta ocasión la vivienda está desolada y la amplia ventana circular, destrozada. Y por ella se abalanza Eric, zarandeándose y cortándose las manos con los cristales, en una concisa sucesión de planos que quizás sean los más cuidados y representativos de toda la cinta. El concepto de esta ventana, tanto en el poema como en la película, es el de un portal entre dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Eric se arroja hacia afuera en un gesto de agradecimiento por su nuevo estado de ser y por su concedida oportunidad de venganza; se sitúa en el umbral por el que ha irrumpido el cuervo en aquella habitación donde un estudiante con el corazón roto hundía sus penas en libros de saber olvidado; Eric saluda a la noche, una noche en la que está a punto de zambullirse para hacer justicia. Esa ventana, como un enorme ojo que domina la ciudad, será un espectador impasible de la violencia que tendrá lugar en las calles. Porque ya había visto en su interior, un año antes, cómo aquella pareja, en la víspera de sus nupcias, era destruida. Y ahora ha presenciado el renacer de un vengador.

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Es el cuervo quien lleva a Eric Draven hasta cada uno de los asesinos. Al primero, que responde al nombre de TinTin, lo encuentra en un sombrío callejón. Fue TinTin quien apuñaló a Eric y por ello es el primero en ser atacado. Vemos cómo el vengador se presenta ante él a través de una cortina de fuego, vestido totalmente de negro y su rostro fantasmal flotando en las sombras. A la presencia del fuego le sigue la del agua en el momento en que ambos, enzarzados en lucha cuerpo a cuerpo, caen sobre un charco embarrado. El cuervo revolotea por las alturas y aporta el elemento de aire a esta escena llena de una acción vibrante, con un dominio del espacio que desarrolla fluidamente el enfrentamiento hacia su inevitable final. Hasta que Eric, el recién nacido de la tierra, le perfora el pecho y le deja ensartado con sus propias dagas.

Eric Draven comienza a reconocer su propio poder como medio de venganza.

- Me falta una estrella para el árbol de Navidad. - Podría sacar una de tus ojos. - Qué tonto eres, Eric. Clic para tuitear

 

Segundas nupcias

El siguiente escenario, la casa de empeños de Gideon, contiene una serie de paralelismos con el poema. Habiendo sonsacado información a TinTin, Eric se dirige a la tienda para buscar el anillo de boda que había regalado a Shelly. El propio Gideon es un personaje corrupto y vil movido por la avaricia, que se gana la vida comprando objetos robados que le facilitan los delincuentes. A la puerta de su tienda llama Eric; tres golpes secos en el cristal. Revienta la entrada y avanza con el cuervo volando y graznando sobre su hombro. La escena se engalana cuando Eric recita casi literalmente dos versos de la primera estrofa de “The Raven”: “Y escuché un ruido de pronto, como si estuviesen llamando suavemente a mi puerta”. Recordemos que en el poema algo o alguien había llamado a la puerta de la habitación del estudiante, que luego abrió para tener en el umbral “sueños que ningún viviente osó nunca sothe_crow_by_crutch67 (2)ñar”. Después, un “cuervo majestuoso” revoloteó a través de su ventana. La entrada de Eric en la tienda combina en una sola secuencia ambos momentos del poema. La analogía no es simétrica, pero los conceptos introducidos son los mismos: el desconcierto que produce una llamada desconocida; la aparición del cuervo como heraldo de infortunio; y, en definitiva, la presencia de un elemento extraordinario en un contexto cotidiano.

Gideon le dice dónde encontrar el anillo de boda. Es uno de los muchos objetos que cayeron en las manos del perista, y cada uno de ellos narra una historia llena de violencia y de pérdida. El personaje de Eric Draven adquiere una nueva dimensión cuando toma la caja llena de anillos y los arroja flemáticamente al aterrorizado Gideon mientras le condena diciendo: “cada uno de estos [anillos] es una vida, una vida que usted ha ayudado a destruir”. Eric se convierte en alguien mucho más humano que aquellos que le rodean, algo que parece, en principio, paradójico por tratarse de una criatura venida de la muerte. Ya no solo perseguirá su propia venganza, sino que también erradicará el origen del mal allí donde lo encuentre. Pero no mata a Gideon, pues “su misión será decirle a los demás que la muerte se les acerca”. Y ciertamente, el cuervo es un mensajero de los reinos plutónicos, ahora personificado en la figura de un justiciero implacable. Al irse, Eric vuela la casa de empeños por los aires, y con ella desaparecen para siempre las tristes y mudas tragedias que se guardaban en su interior.

 

Arrepentimiento

Aún viven tres asesinos y Eric los irá eliminando en el mismo orden en el que violaron a Shelly. Esta pauta es seguida por alguien que planea una venganza fría y calculada, alardeando de un sentido de la justicia pocas veces igualado. Por eso es el cuervo quien encamina a Eric hacia su siguiente destino, posándose grácilmente en el alféizar de la ventana del apartamento de Funboy, un homicida drogadicto que en ese momento se encuentra inyectándose morfina en compañía de una mujer. Tenemos otro velado homenaje al poema de Poe cuando el cuervo entra volando en la estancia a través de la ventana, como lo había hecho en la estancia del amante. Su presencia siempre transmuta una escena mundana en una situación irreal, de ira contenida, allanando el camino para la entrada del vengador. Eric no emplea violencia explícita en esta ocasión; termina con la vida de Funboy cosiéndole el pecho con sus propias jeringuillas. Pero no se olvida de la mujer que lo acompañaba y la rescata de su adicción, liberándola para siempre de una vida libertina y vacua. Eric Draven completa así su desarrollo personal al utilizar su poder para ayudar al débil, y de este modo se convierte en alguien aún más fuerte, preparándose para el enfrentamiento con su siguiente rival, T-Bird, el cabecilla de la banda.

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Paraíso perdido

La complejidad de los encuentros sigue aumentando, al igual que lo hacen las connotaciones implicadas en ellos. Revestido de una nueva fuerza interior, Eric prepara un fin especial para el líder de los violadores. Prologando la escena aparece el cuervo que, como siempre, presagia una muerte inminente. Desciende sobre el motor del Ford Thunderbird con un graznido, con un “nunca más” inaudible. T-Bird es rápido; parece que la pistola salta a su mano cuando Eric le apunta con su revólver desde el asiento de atrás. Le obliga a conducir hasta los muelles en una carrera desenfrenada que refleja el estado físico y emocional del mismo Eric. Y una vez allí le somete, inmovilizándole y colocando explosivos en su asiento. Pero T-Bird posee una dimensión mental de la que carecen los demás antagonistas. Recuerda el rostro de Eric; sabe qué les hicieron él y su banda a aquella pareja hace un año. Un fugaz y último hálito de conocimiento aclara la mirada del asesino cuando masculla: “no se puede volver”, para después hundirse en el delirio, repitiendo una y otra vez las mismas palabras. Es un reflejo de lo que el cuervo le decía al amante, “nunca más”, no importaba lo simples o crípticas que fueran sus pesquisas. Pero en esta ocasión los papeles están invertidos, y es el vengador quien con su silencio y gélida mirada insta a que el otro hable y se hunda en sus recuerdos. Tan vívidos son éstos que llega a evocar los versos que había leído en el apartamento la noche del crimen; versos que arrojan una nueva luz sobre el personaje de Eric Draven.

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El largo y complejo poema épico clásico de John Milton (1608-1674), que bajo el título de Paradise Lost (1667) se ha revelado como la obra más estudiada de la literatura inglesa, deshilacha un retazo de su magna influencia sobre la escena que nos refiere el final de T-Bird. Sus últimas palabras son dos versos pertenecientes al Libro IV de la citada obra: “Desconcertado estaba el Diablo, / y sintió el horror de la bondad oculta”. Si T-Bird personifica al diablo, tanto por el mal que puede causar en el presente como el que ha ocasionado en el pasado, queda realmente desconcertado ante la figura maquillada y vestida de negro que va a enviarle a la muerte. La mirada de Eric abriga una bondad interior que no pasa desapercibida para el asesino. El miedo se apodera de él hasta el punto de hacerle delirar, repitiendo varias veces el último verso, como si se esforzara por comprender y aceptar una situación imposible. Porque esos versos, ahora rememorados con intensidad, los había leído en el apartamento de la pareja la noche del crimen, impresos en una edición ilustrada de Paradise Lost. Y desconcertado quedó este enviado del diablo, sintiendo un profundo horror ante la bondad encubierta que guía los pasos del vengador y le conducen a una muerte espectacular entre el fuego y el agua.

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