Noches de abril

noches abril

El de Laia era un rostro pequeño, con forma de corazón, que solía ladear cuando su talante era pensativo. Pero como siempre lo escondía tras un largo flequillo lacio, casi había que inventarlo para definir sus delicados rasgos. Ahora se reflejaba en el amplio ventanal del salón. Sus ojos, grandes y negros, brillaban por los destellos que les arrancaban las gotas de lluvia arrojadas sobre el cristal, mientras su cabello se desmoronaba junto a sus mejillas en ondas oscuras.

Su mirada iba más allá de la lluvia y más allá de la tarde anaranjada que moría tras un sol carmesí traspasado por hilillos de algodón gris. La humedad de los cristales se convertía en un espejo circense donde la joven veía su propio reflejo mutado. La luz y el agua jugaban con la imagen, ensañándose con sus perfiles. Y aunque Laia se consideraba una muchacha corriente, le gustaba creer que el mundo escondía universos velados. Pero era en ciertos momentos crepusculares, como el que ahora estaba viviendo sentada en una de las innumerables mesas del salón de baile, cuando sus sentidos hendían la realidad igual que un rayo de sol hiende las tinieblas.

Reparó en la taza de café. La cucharilla mostraba el líquido reseco, el azúcar estaba intacto. El paquete de tabaco abierto, con tres cigarrillos sobresaliendo desigualmente. Tocó la taza. Estaba fría. Levantó la vista de nuevo hacia su reflejo, pero ahora su atención quedó atrapada por un destello naranja. Duró un segundo y se desvaneció en el aire. Había alguien a su lado.

Aunque Laia se consideraba una muchacha corriente, le gustaba creer que el mundo escondía universos velados. Clic para tuitear

Una bufanda negra, doblada con pulcritud, sepultó la cajetilla de tabaco. La chica miró a su izquierda y se dejó mecer por la textura visual de un chaleco de largos flecos sobre una camisa de color marfil. Calzaba unas zapatillas de deporte provistas de una gigantesca lengüeta y unos vaqueros azules desgastados se ceñían a sus largas piernas. Antes de ver su rostro, el recién llegado dejó su propio pitillo en el cenicero.

– ¿Espera a alguien, señorita?

Ascendió un hilillo de humo frágil como una hoja de otoño. La chica frunció el ceño y le miró de soslayo.

– No.

Se derrumbó en el sillón enfrente de la joven. Sonrió mientras se llevaba de nuevo el cigarrillo a los labios.

– Lo sé.

El humo expirado ofuscó un instante su rostro. Al desvanecerse, descubrió un intenso fulgor en los ojos verdes – no, no eran ojos corrientes. No había pupila, sólo un ciego iris enorme lleno de charcos de luz reflectada – y unos labios rojos y finos, llenos de sangre, que sonreían.

– ¿Nos conocemos? – inquirió la chica, mirándole bajo sus largas pestañas mal maquilladas.

El hombre alzó las cejas sin inmutar su expresión.

– Tiene usted acento. ¿Es de Boston?

– No. De Arkham.

– Oh.

– ¿Tengo que repetirle mi pregunta?

– ¿Quizá he ofendido su retiro? ¿Le gusta tanto la soledad que se muestra arisca ante un desconocido  que desea hacerle compañía?

Laia se movió incómoda en la silla.

– Creo que no es de su incumbencia si me gusta o no la soledad.

– ¿De veras?

La sonrisa era fría y pálida, enmarcada por mejillas de una piel desteñida de todo color. Daba la impresión de haber estado enfermo largo tiempo antes de regresar a la vida con una renovada vitalidad y dispuesto a devorar el mundo.

– Es un error que se haya sentado a esta mesa – dijo la chica bruscamente. – Ahora si me disculpa…

Se levantó y se estiró la falda. Era incapaz de mirar su rostro, pero notaba los ojos incrustados en ella como dos clavos negros. Caminó insegura a través de la agonizante sala de fiestas, sorteando mesas sepultadas bajo copas vacías. Al fondo, los músicos recogían sus instrumentos y de vez en cuando teñían el aire con fragmentos de una melodía decadente. Cuando se acercó a la entrada, se detuvo. Él estaba junto a ella, y se sorprendió por la rapidez con la que había cruzado el salón.

– No hay motivos para el rechazo -. Le rozaba la cintura con la yema de sus dedos. –Soy yo quien debe disculparse.

Laia no pudo evitar sonreír. Su perfume era increíblemente cautivador. Fantasías lascivas y efímeras surcaron su mente. Negó con la cabeza.

–  Debo irme.

– Concédame el último baile.

– ¿El último baile? Ya no hay música. La fiesta ha terminado.

– Escuche -. Le puso un dedo en los labios. Para Laia, su contacto era un bálsamo desconocido e irreal, un éxtasis fugaz que la obligó a cerrar los ojos -. Esas notas suspendidas en el aire.

Fantasías lascivas y efímeras surcaron su mente. Clic para tuitear

La tomó de la mano y fueron al centro del salón sorteando las serpentinas de colores suspendidas de las lámparas. El joven la congeló con la mirada, con esos enormes ojos sin vida llenos de ardor. La rozó los labios con sus labios, y la calidez devino calor, y el calor hirvió de pasión. Laia se iba a un lugar tan lejano, tan prohibido, que no quería volver nunca más a su propio mundo. La luz se filtraba por sus pestañas entrecerradas y se convertía en un resplandor ígneo que estallaba en sus venas. Era un momento tenue como el brillo de la primera estrella en una noche de abril. Solo existía un inacabable presente lleno de sensaciones ya olvidadas y que renacían en su pecho inflamando su corazón. Y cuando sus bocas se separaron con dulzura, la realidad cayó de nuevo sobre Laia como una losa cae sobre una tumba.

La banda de música ya se había llevado sus instrumentos. Un empleado recogía ruidosamente los vasos, cuyo tintineo resonaba en el aire. Las esferas de cristal chocaban y se retraían, y de su unión nacían realidades irrepetibles que a veces despuntaban tímidamente en este mundo gris y crepuscular. Laia suspiró. Salió del salón, se giró y, contemplando con profunda tristeza la mesa vacía que acababa de abandonar, cerró lentamente las puertas.

 

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Un comentario

  1. Un texto muy bonito y muy poético. Felicidades!! Fue todo un sueño?…
    Te invito a pasarte por mi blog
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    Un saludo

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