Mundos interiores

Mundos interiores

Cada dos días, Susan y Tom visitaban al habitante. Se sentaban en sillas raquíticas, clavaban su mirada en la forma oculta bajo las sábanas y comenzaban a hablar.

Tom se esparcía en su asiento. Su enorme cuerpo torturaba las patas de madera. Parecía un muñeco al que hubieran cortado los hilos que lo sostenían. Susan se encaramaba al borde de su silla. Fue su voz la que hizo añicos el silencio de la cabaña.

—Anoche estuve pensando. Es momento de irnos —. Tom gruñó, molesto. —Al habitante le dan igual tus quejas, Tom. Deberías ser un hombre al menos por una vez.

—Su, por favor. Aquí no.

—Claro. Crees que con traer el agua ya es suficiente. Pero él necesita sentirse querido. Le debemos mucho. Ya lo sabes.

Desde la cabaña podían verse las ondulantes tierras del yermo, salpicadas de casas con sus pozos blancos, unidas por caminos, como venas tensadas sobre una piel tirada en el suelo. Lejos se extendía la dentada línea azul de las montañas. Aquél cielo mordido parecía ser más limpio, prometiendo lugares mejores que esa llanura en la que tal vez muriesen todos. El habitante debería ordenar el avance. Solo él, en su sabiduría, podía ejecutar semejante orden. Pero seguía callado, pensativo, incluso arisco bajo las sábanas. Toda la tarde estuvo así.

—No hemos venido a hablar de tus deseos —dijo Tom sin mirar a su mujer. —Ni de los míos.

Fue entonces cuando el habitante se removió en su camastro de hierro. Fue un movimiento lento y pesado, colmado de pliegues diminutos que rozaron el blanco de las sábanas.

—Nos está escuchando.

—Me da igual.

—Escucha tus palabras, Tom. Tus palabras desprovistas de cariño —. A Susan le tembló la voz, pero Tom no lo notó. —¿Cuándo visitas al habitante para desearle las buenas noches? Jamás. O para mirarle con amor. ¿Eh? ¿Cuándo? Sí, de amor, Tom. No me mires así. No sabes ni de lo que hablo.

Ambos veían la oronda silueta hundiendo el somier, combando el cabecero de forja, resquebrajando las maderas del suelo. A veces, una o dos palabras surgían desde las profundidades del camastro, palabras llenas de un candor que envolvía el corazón. Susan lo necesitaba desde que Tom, al que una vez llegó a querer, se había convertido en un hombre sin ambición ni voluntad. Sin nada. Era Tom quien transportaba los siete galones de agua cada día a través del páramo, hollando la arena del desierto, levantando un polvo asfixiante bajo sus fuertes piernas. Susan detestaba su cuerpo trazado por músculos tensos y retorcidos, su cuello hundido en un pecho brillante bajo el sol. Detestaba la forma en que la poseía entre jadeos, como un enorme buitre sepultando su pequeño cuerpo de porcelana.

Susan se levantó, harta de sus propios pensamientos. Era una mujer llena de gritos contenidos, gritos que acallaban su rostro en forma de corazón. Miró a Tom por encima del hombro, y le arrojó una ola azul que abatió al hombre y le obligó a alzar el mentón. Ni siquiera Tom podía resistirse al fuego de sus ojos, que ahora brillaban con un fulgor helado.

—¿Recuerdas aquella noche en la ciudad, cuando te habías quedado trabajando en el taller? ¿La recuerdas, Tom?

—Sí. La recuerdo. Y qué.

Bajé al soportal a fumar un cigarrillo. Había algo especial en la noche. Fascinante. Nunca te lo dije porque simplemente no lo ibas a entender. Si te hablaba del resplandor de las farolas en los charcos, o de las nubes blanqueadas por la Luna, me ignorarías. Todos esos detalles, Tom, esas parcelas de la vida que eres incapaz de ver. Nunca vas más allá, no entras en los mundos interiores de los sentimientos. En esos espacios ocultos.

Tom observaba a su mujer en contrapicado, y ella parecía percatarse de su posición, pues paseaba por la cabaña agitando su melena rubia, pero sin levantar la mirada de las tablas del suelo.

Mundos interiores

Me di cuenta de algo, Tom. Supe que tenía que recuperar la pasión, el fuego que arde en mi pecho. Lo supe cuando pasó Malcolm frente a mi ataviado con una flotante gabardina negra. Sí, Malcolm. Yo estaba apoyada en la columna y no me vio. Supongo que las almas gemelas se reencuentran cuando el corazón las necesita. Le saludé con el brazo, pero él sostuvo mi mirada y siguió caminando. No pude soportarlo más. Salí del portal y fui tras él. Nunca recuperaré aquella mirada que me arrastró hacia sus labios. Ese recuerdo es lo único que me dio fuerzas para seguir adelante. Ese beso en la noche.

Tom era pura tensión vibrando en la silla.

—Y tú… Susan, ¿tú le correspondiste?

—Solo un necio preguntaría eso.

—Ya basta.

No. Escúchame. Malcolm y yo nos vimos varias veces, siempre en el hostal del callejón. Cuando tú te encerrabas en tu taller, yo bajaba a ver a Mal. Ya no podía más. Necesitaba respirar. Malcolm llegó como una bocanada de aire fresco a mi vida. Fueron momentos felices, aunque al principio tenía dudas. En el fondo te quería y mis encuentros con Malcolm suponían traicionarte. Pero no eran una traición a mis deseos. Cuando veía a Mal esperándome entre las sombras, con su cazadora de cuero, encorvado, cuando le veía allí… todo mi pasado contigo desaparecía como si nunca hubiera existido. Te dejaba en tu agujero y yo me entregaba a un dulce olvido. Con Malcolm me abandoné a palabras que tú nunca me dijiste, a sensaciones que nunca pude sentir estando a tu lado.

Susan se había dejado caer al lado del camastro de hierro, arrastrando las sábanas. Tom hundía la cabeza entre sus manos.

—Todo ha pasado. Malcolm ya no está —dijo Susan. —Solo debemos preocuparnos del habitante. Su amor es incondicional.

Tom estrechó la mano de su mujer. Contemplaron con profunda ternura los restos apenas cubiertos. Aquél bulto era quien les iba a guiar fuera del páramo gracias a su sabiduría y a su experiencia. Porque aquella cosa gris era el habitante, recogido en un montón áspero sobre el colchón. El verdadero y único señor de todos ellos.

 

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