“Melancholia”. Hasta la muerte puede morir

Melancholia

Melancholia (Lars von Trier, 2011) no pretende ser una reescritura de Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951), ni su música repetitiva intenta hacer ecos de la solemne banda sonora de Excalibur (John Boorman, 1981). Tales simetrías no tienen cabida dentro del contexto argumental de esta película, que a lo largo de más de dos horas nos lleva de la mano a través de terrenos tanto mundanos como simbólicos para dejarnos indefensos ante un desenlace imposible digno de la más exacerbada ciencia ficción.

Y es que resulta innegable la robusta originalidad de la trama y la combinación de elementos dispares que encauzan todo el argumento hacia un final apocalíptico. Ya la primera parte de la cinta, que recibe el nombre del personaje en torno al cual gira el argumento, “Justine”, parece haber sido extraída de la pluma de una Jane Austen descarada e indómita. Pues en el día de su boda, Justine (Kirsten Dunst) muestra una actitud difícil de comprender para una mujer que se ve rodeada de fastuosidad en un día clave de su vida, desposándose con un hombre que la adora. Asistimos a los ácidos comentarios de su madre, Gaby (Charlotte Rampling), un personaje poco definido que nos deja entrever una relación pasada con su hija llena de desaprobación y resentimiento. No es extraño que Justine se conduzca como lo hace, mostrando comportamientos vanos y absurdos, en clara oposición con su hermana, Claire (Charlotte Gainsbourg), que en vano intenta llevar por buen camino el banquete de boda.

Se deja entrever un primer nivel simbólico muy al principio de la historia, cuando los novios llegan a la mansión. Justine acusa la presencia de una estrella roja y grande en el firmamento del anochecer. Su cuñado, John (Kiefer Shuterland) le explica que se trata de Antares, la principal estrella de la constelación de Escorpión. Parece un mal presagio que sea la novia quien advierta ese astro tan cargado de veneno, como si su poder bajase del cielo para habitar esa noche en el corazón de Justine. Es un indicio de la tragedia inevitable que vendrá después, tragedia que se prologa con los malestares de la noche nupcial, con los malentendidos entre los invitados y con la frugalidad con la que Justine se deja llevar durante toda la velada. El primer momento climático de la historia acontece cuando Antares desaparece del cielo porque un cuerpo extraño y mucho más cercano lo oculta con su masa. Porque el planeta Melancholia, simplemente, se dirige hacia la Tierra.

A partir de entonces, la profusión de significados que impregnan la cinta es sobrecogedora. Los caballos, la niebla, el puente, el granizo,  las abluciones, la desnudez, la cueva. Los personajes, ya reducidos a un cuarteto de voces dispares, se mueven entre lo simbólico y lo real, abalanzándose inexorablemente hacia un final que los reducirá a todos a la nada, a la más completa ausencia de significado. Saben que un planeta enorme y azul va a colisionar contra su mundo, y es así porque no puede ser de otra manera. Es algo que no debería ser, pero es. Por un momento la tragedia parece que no va a ocurrir: “Melancholia va a pasar justo delante de nosotros y será la imagen más hermosa que hayamos visto nunca”, explica John a Claire cuando ésta se ve abrumada. Pero Claire investiga en la red para tranquilizarse, y lo hace empleando dos palabras clave: “MELANCHOLIA” y “DEATH”. Los conceptos de muerte y cosmología se nos presentan desde entonces como sinónimos.

 

 

Esa sensación de horror cósmico que viven los personajes durante la segunda parte de la película, esa certeza de verse insignificantes dentro de la vastedad del cosmos y su desconocida Naturaleza, es una noción que se inició en la primera mitad del siglo XX en la obra de H. P. Lovecraft (1890-1937). Para la ficción lovecraftiana, el conocimiento es algo nocivo para un individuo, más aún cuando ese conocimiento revela algo ominoso y terrible. Ese horror cósmico lo experimenta Claire con intensidad cuando verifica que Melancholia se estrellará contra la Tierra. Pero eso no es todo. Su hermana Justine va más allá y expone su punto de vista ante Claire en una escena determinante para la historia. El diálogo habla por sí mismo:

JUSTINE     Lo único que sé es que la vida en la Tierra es cruel.

CLAIRE       Puede que haya vida en otra parte.

JUSTINE     Pero no la hay.

CLAIRE       ¿Por qué lo sabes?

JUSTINE     Porque sé cosas […] Sé que estamos solos […] Sólo hay vida en la Tierra, y por poco tiempo.

Es evidente, a primera vista, que la postura de Justine puede estar muy equivocada, además de resultar descaradamente soberbia. Pero sí desmuestra a su hermana que “sabe cosas” cuando le recuerda que acertó, en un concurso que hubo en la noche de la boda, el número de alubias que contenía un tarro: 678. Ese juego trivial ahonda en la personalidad extravagante de Justine, como si sólo ella pudiese desentrañar ese enigma. Y alguien que lo solventa tan limpiamente puede llegar a desentrañar otros misterios, como la posibilidad de vida en otro lugar del universo. Y sabe que estamos solos.

Lovecraft publicó, en la revista amateur The Wolverine, un breve relato titulado “The Nameless City” (“La ciudad sin nombre”) en noviembre de 1921. El argumento de la historia no es relevante; baste señalar que aparecen mencionados unos versos que acabarán siendo una referencia en la historia de la literatura de horror posterior:

 

That is not dead which can eternal lie,

And with strange aeons even death may die.

 

(Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,

Y con los extraños eones hasta la muerte puede morir).

 

Dentro de la ficción de Lovecraft se ha atribuido este pareado a la pluma del árabe Abdul Alhazred, autor del infame Necronomicon. De hecho, estas líneas forman parte de su contenido. Haciendo un esfuerzo intertextual, estos versos pueden estar hundidos en el inconsciente de Justine, pues ella sabe que cuando Melancholia choque contra la Tierra y la reduzca a polvo, la única vida que existe en el universo habrá desaparecido para siempre. Y si no hay vida, tampoco puede haber muerte.

Necron Tyson

Detalle de la portada de “Necronomicón. El libro maldito de Alhazred”, de Donald Tyson (2004)

Justine goza de un saber horrendo. Es un personaje ya de por sí ambiguo y volátil, presa de una extraña melancolía que se atisba en su mirada, en sus palabras y en sus actos. Quizás ese conocimiento sea el causante de su personalidad. O puede ser que lo haya adquirido en ese momento de renovación, de catarsis, en el que una noche yace desnuda junto al río bajo el influjo azulado de Melancholia,  como si de una náyade se tratase, un ser féerico ajeno a la humanidad. De alguna forma Justine posee ese conocimiento impío tan propio de los personajes de Lovecraft, y es lo que le impulsa a seguir adelante aún sabiendo que la realidad, y su final, es aterradoramente inevitable.

Cuando ya no quede ninguna vida en el universo, la muerte dejará de tener significado. La muerte será víctima de su propio éxito. Es el olvido definitivo: ya no queda nadie que pueda llorar a lo que queda con vida pues la vida, tal y como la conocemos, habrá dejado de existir.

 

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2 comentarios

  1. Excelente el análisis metafórico y simbólico, yo anexaría y puntualizaría, que si bien se siente un horror cósmico en el comentario de Justine, para Lovecraft “hay vida” o hay entidades cósmicas tan antiguas y poderosas que no caben en la minúscula mente humana, enlazando esto ese mismo poder y antigüedad que los caracteriza implica un -existir- hasta el infinito, como el cosmos.

    Lo que si se ve es que hay cierto desprecio por la vida humana, como da a conocer el terror cósmico.

    Saludos.

    • Gracias por la aportación. Con Lovecraft siempre es posible ir un paso más allá, y aún así no se agotarían las posibilidades que ofrece su discurso.

      Un saludo.

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