Un viejo jarrón y la Navidad

¡PLAS! –resonó en la estancia vacía. El viejo jarrón  había caído al suelo formando una estela de pequeños pedazos de porcelana blanca y fina. El corazón de Miguel se contrajo. Tardó en reaccionar, y cuando lo hizo se dio cuenta de que esparcidos por el suelo habían quedado 120 años de pequeñas historias de su propia familia.

Miguel vivía solo desde hacía casi una década. Su vida se había ido rehaciendo a base de pequeños engaños a su mente racional, que le convencían a diario de su necesidad de sobrevivir. Y eso era algo que le costaba. Manuela, su compañera desde sus años de la facultad, había fallecido una víspera de Navidad. Quizás por eso odiaba de aquella manera esa fecha en particular. Por si fuera poco, no había lugar en la ciudad, en el mundo, que no le recordara ese día. Por eso, aquella mañana, como las otras nueve mañanas similares a ésta en años anteriores, Miguel se quedaba en la cama. Persianas herméticamente cerradas, luces apagadas… Pero qué fastidio, esta mañana le entró una urgencia imperiosa de ir al baño -¡a quién no, después de horas y horas sin salir de la cama!-  y en un intento exacerbado de acertar a abrir la puerta, su nula visión le hizo tropezar con la cómoda del pasillo. Un pequeño empujoncito descuidado hizo tambalearse al viejo jarrón heredado de su familia.

Tarde encendió la luz. El mal ya estaba fraguado y su corazón se vio ahora en un puño. “¡Qué fatalidad!” –pensó. Y olvidándose de todo levantó la tapa del inodoro, y mientras sentía que su cuerpo recobraba la calma, su mente viajó lejos, hasta aquella primera Navidad en la que su consciencia se reconocía.

No había lugar a dudas que todo había cambiado demasiado.

Entonces, en su casa no se cabía. Voces, risas, lloros, carreras por el largo corredor y pasillos… el tiempo parecía discurrir ¡tan lento! Y nunca llegaba el momento de hacerte mayor. “Bueno, Miguel -se dijo-, ya eres lo que querías ser: ‘mayor’ ¿Y ahora qué?” ¡Cuánta carrera…para esto!  Mientras lavaba sus manos, una gota de agua salpicó su nariz, mojó sus mejillas y le hizo volverse hacia el espejo. No había duda de que había ‘corrido’ demasiado. Intentó encontrar algún vestigio de aquel muchacho que heredó algo más que aquella antigua porcelana traída desde Filipinas por un bisabuelo militar destacado en las viejas colonias perdidas, como tantas navidades le contaban hasta hacerle revivir en su mente hazañas al son de panderetas y crujir de turrón (que para duro, duro, el de antes).  Llevaba, le dijeron,  en su honor el nombre, y también –decían- su apostura, si bien ésta transformada ahora en un cuerpo orondo, algo torpe,  varios achaques que no le gustaba recordar, y unas cuantas rayas longitudinales profundas y marcadas en la frente. Una frente que sencillamente desembocaba en la nuca. Pasó de un manotazo el cristal, como queriendo hacer borrón y pasar a la cuenta nueva.

Regresó sobre sus pasos. Las partículas  esparcidas de la cerámica le volvieron a traer a la realidad. Entró en la cocina, sacó el recogedor y la escoba y mientras atropaba los pedazos, el chasquear de las partículas resonó en su cabeza como el tintinear de las pequeñas campanillas que adornaban el árbol que cada Navidad se colocaba en su casa, allí, en el salón, junto a la ventana y cerca del fogón. Su padre era el encargado de buscar el más frondoso, su madre de dirigir las maniobras de  la ubicación y ornato, y él y su hermana de abrir la caja de los adornos. Las campanillas eran las  últimas en colocarse -como la estrella-. Estaban hechas de latón hábilmente moldeadas por las recias manos de su abuelo. Recordaba que la Navidad era el momento más esperado de todo el año, y eso que no se esperaban regalos. Entonces no era conocido ese tal Noel. “¿Quién corchos le ha dado vela en esta fiesta?”, se dijo de pronto, como si volviera a meterse en la piel de aquel niño. Un gesto de desagrado se dibujó en su rostro contrariado, y medio cojeando regresó con los hermosos y devaluados restos destrozados hasta la cocina, donde antes de introducir su cargamento en la bolsa de basura, aún les echó un último vistazo. “¡Adiós, abuelo Miguel! Siento que tu suerte en lejanas y exóticas tierras acabe de esta manera”. Y, con cierto desdén, dejó que los restos de la añeja reliquia familiar fueran deslizándose hasta el fondo del cubo de plástico comercial e impersonal.

Un hondo suspiro expandió su pecho e inflamó su mirada. Ahora tendría que romper su plan y salir a la calle para tirar aquello. No era algo que le complaciera. Pero por alguna razón, se vistió mecánicamente como quien se ve forzado a asistir a un funeral. Calzó sus desgastados zapatos de hacía dos o tres temporadas y se colocó el abrigo de alguna temporada aún más. Tomó la bolsa de basura gris con cierta ceremonia y se propuso alcanzar la acera de enfrente a la casa para arrojar aquellos preciados restos al contenedor.

Nunca cruzar una calle de menos de 8 metros le había parecido tan terrible. Y sin embargo lo hizo.

Antes de arrojarla al oscuro y sucio recipiente, echó una última mirada a la bolsa gris. Una esquirla sobresalía por un extremo como un pequeño filo de navaja que se negara a aceptar tan infame fin.

Miguel extrajo el pedazo puntiagudo y cortante. Sobre una de sus pulidas caras aún se podía leer: “Made in China”. ¡Maldita Navidad! Ni siquiera esto es verdad.

por Mª Dolores García

 

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2 comentarios

  1. Hola Mª Dolores
    solo comentar que me ha encantado tu relato.

    • Muchas gracias, Paola.
      Encantada de saludarte.

      He tenido la suerte de encontrar asiento en este bello lugar. Maikel ha sabido poner luz con tan bellas imágenes a mis palabras.
      Estoy muy agradecida.

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