La incertidumbre del pensador

incertidumbre

Al fondo de la librería quedaba un ejemplar escondido entre lomos y nervios. Como la escasa luz no ayudaba, mi espalda tuvo que combarse en un arco inverosímil para ayudarme a descifrar los diminutos caracteres. Ahí asomaban las Reflexiones póstumas de Hugo Nash. No fue tarea fácil extraer el delgado volumen de entre sus robustos congéneres; sus aristas se aferraban a la calidez de sus cubiertas, arañándolas en un intento de seguir allí dentro acumulando tiempo y olvido. Una vez obró en mi poder, lo revolví en mis manos. El autor, desde luego, era el propio Nash. La dedicatoria ya desplegó su magia: A quienquiera que piense con altivez. Pude saborear esa maraña de significados como un aprendiz de brujo saborea el cosquilleo de su primer sortilegio.

El olor del papel ahuesado inundando la soledad de mi cuarto dejó atrás los restos de la mañana. Líneas y líneas de someros pensamientos de un hombre que sentía un profundo respeto por el tiempo futuro. No había un solo verbo que no estuviera contaminado por lo inmediato, por lo atisbado, por lo que habría de pasar. Apretadas notas al pie aconsejaban al lector a reflexionar sobre lo presagiado en el cuerpo del texto. Fueron esas notas las que me incitaron a devolver el libro esa misma tarde y olvidarme de él.

Es inevitable pensar en Hugo Nash como alguien con una meticulosa capacidad para conectar con el lector, para ahondar en sus aspiraciones. Varias veces, en la biblioteca, he visto a clientes rebuscar en esa misma estantería y extraer de ella el curioso volumen. Siempre volvía a su lugar. Quizás las notas recordasen a sus lectores que no deberían pensar en lo que aún está por venir pues, en el mundo de lo imaginado, el futuro solo pertenece al humo y a la incertidumbre.

 

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