Historia de una rutina

Nunca he sabido realmente lo que me llevaba a tomar a diario el mismo camino durante largo tiempo, desde mi casa a mi lugar de trabajo. Quizá solo la rutina. Tal vez la comodidad. Acaso el instintivo y monótono cálculo del tiempo empleado. Caminaba por lo tanto cada día, por la misma estrecha calle que asciende serpenteando hacia lo alto de la ciudad, coronada por la erguida Catedral que da sombra al caserío colindante de bajas casas, de vetustos muros y rojos tejados. Las agujas góticas, apuntaladas contra el cielo azul, marcaban como una brújula mi senda de paso seguro y tedioso cada mañana, permitiendo que mi mente quedase flotando en una suerte de rítmico y acompasado mecer, más cercano a la somnolencia complaciente del transeúnte que al ritmo vertiginoso del ocupado ciudadano medio. Una somnolencia además, acostumbrada a ninguna clase de sobresalto que, llegado a un mismo punto a mitad del camino, me hacía saber por inercia que allí estaría ella de nuevo, como cada día, apostada sobre la misma ventana alta que mira a oriente, esperándome, con su mirada fija puesta en mí; sus ojos prominentes y tiernos; con sus cabellos en anchos bucles enmarcando su rostro risueño. Hago fuerte intento de no mirarla. Sin embargo, siempre me resulta inevitable. Una fuerza extraña parece unirme a ella. Y una vez más llama mi atención. Y una vez más también, me hará levantar la mirada obligándome, gustoso, a dedicarle una sonrisa.

Máscara-cara en piedra de uno de los ventanales exteriores del ábside. Catedral de León.Fuera de eso, no mediaría palabra alguna. No obstante, me daba por contento y podía seguir mi invariable ruta.

Pero aquella mañana de abril algo había cambiado. Mis ojos se alzaron confiados, dispuestos y ansiosos a recibir su anhelada recompensa. Sin embargo, allí donde siempre me había estado esperando ella, solo había echada una opaca cortina polvorienta. Mi rostro, habituado a la rutina, se vio de pronto contrariado. No supo encajar aquella contrariedad. Algo estaba mal, pensé. Y aunque me dije que aquello no entorpecería mi rutina marcada, su ausencia me dejó desairado e infligió pesar en mi ánimo.

No sé bien si fue producto de esta frustración inconfesable, pero aquella mañana en mi trabajo todo estuvo bajo los auspicios de Caos. Mis desatinos se sumaban; nuestras ganancias restaron; los problemas se multiplicaron y los perjuicios hubo que dividirlos entre un único divisor. Yo.

Qué estaba pasando.

Solía ser un tipo eficiente, callado y responsable. Puntual, abnegado y cortés, y – aunque algo anodino a juicio de mis compañeros- intachable. Mi jefe me precisaba, mis compañeros me requerían, mis subordinados me toleraban. Pero en aquellos momentos, ni yo mismo me soportaba.

El caso es que no había una causa real, al menos declarable. Nada lo suficientemente novedoso que sobresaltara mi pusilánime carácter. Pero tampoco nada demasiado arcaico que me anclara en mi gravedad. Solo el vacío extraño que deja una ausencia para la que no cabe encontrar ni novedosa solución ni común explicación.

El regreso a casa no resultó mejor. Mis pasos se aceleraron provocados por la impaciencia, para luego quedar paralizado ante el lugar donde ella me había esperado cada día. Y no; verdaderamente allí ya no estaba. Su ventana permanecía cubierta, ahora con la ausencia de su rostro; vacía de mirada; huérfana de sonrisa. Una singular angustia acabó por instalarse en mí, y sin yo comprenderlo bien, fue suficiente para que mi regreso aquel día se tornara  más largo, más pesado, más angosto.

Lo mismo ocurrió a la mañana siguiente. Así que, casi sin darme cuenta, mi rumbo varió. Deambulé entonces por las calles de la ciudad sin pensar en el tiempo, sin atreverme a mirar el reloj, sin ni siquiera molestarme en tomar la dirección correcta a mi lugar de trabajo. Sencillamente, éste dejó de interesarme.

Han pasado varios meses. Ahora vivo en una habitación neutra, en un incierto lugar, con vistas a un infinito patio gris que da al norte, donde solo veo un cielo azul muy lejano y diferente. No puedo salir. Todo me asusta. Y no consigo dormir.

Máscara-cara en piedra de uno de los ventanales exteriores del ábside. Catedral de León.

Pero hoy ha ocurrido algo extraordinario. Alguien, a su paso, me ha puesto la televisión, en un gesto de vana compasión, quizás.  Molesto, he levantado malhumorado mi rostro y la he visto a ella. Sus henchidos ojos, su hipnotizadora sonrisa. Mi corazón ha estallado en un vuelco. Un hombre, con voz grave, decía que la habían trasladado a un lugar seguro –como a mí. Su divino rostro, aquel que hacía de mi rutina diaria la propia novedad, debía ser preservado de la erosión del viento, el agua, la lluvia… en pos de la tranquilidad soslayada. Desde su ventanal oriental y diáfano del  ábside de la Catedral, sería condenada a un lúgubre museo, de muros opacos y ventanas ciegas. Será una más en ese escaparate donde todas las miradas se confundirían, difuminándose ante los apresurados ojos del impaciente turista.

Que ella debía ser restaurada –seguía diciendo aquel busto parlante-  ‘para solaz de todos’, aunque no todos la admiren como yo. Aunque para nadie sea tan imprescindible como para mí.

Quizás esta ardua labor –se apresuró la voz a decir- les llevará tiempo, mucho tiempo. Pero a mí no me importa, porque yo lo tengo. Y la esperaré, sin quebrantar mi rutina.

por Mª Dolores García

 

© 2016 – 2018, Maikel. All rights reserved.

Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *