El tesoro del corazón

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La novela póstuma del escritor que bajo el seudónimo de Hugo William Nash (1906 – 1972) firmó como El tesoro del corazón (Editorial Valdari, Madrid, 1973), fue escrita cuando el autor residía en Salamanca. Su biógrafo Alberto Navarro nos cuenta que su estancia en la ciudad castellana estuvo colmada de soledad, sentimiento que Nash apreciaba por su capacidad para extraer de sus entrañas las más recónditas emociones y trasladarlas al papel. A pesar de que Navarro mantuvo una copiosa correspondencia con el propio Nash, especialmente en el último tercio de la década de 1960, el biógrafo alicantino nunca pudo verificar si El tesoro del corazón es una novela autobiográfica.

Aunque Hugo William Nash era el seudónimo con el que el autor firmó su única novela, es sabido que existe un corpus de relatos y novelletes esparcidos en antologías menores, todas ellas prácticamente agotadas salvo para el coleccionista dedicado. El autor dejó instrucciones sobre su publicación, siendo muy estricto en lo referente a que la obra viera la luz un año después de su muerte y que se mencionara su autoría con la que actualmente es conocido.

Los hispanistas David Ríos y María Santamarta, de la Universidad de Barcelona, sostienen que El tesoro del corazón es una novela de ciencia ficción moderna. Se basan en que los dispositivos utilizados por sus personajes constituyen los fundamentos de una sociedad utópica donde la comunicación es instantánea. Cierto es que Nash hace un uso perspicaz de estos artefactos – pequeñas láminas rígidas de metal y cubiertas por un cristal sobre el que se escriben textos y se plasman imágenes de forma inmediata -, pero no menciona ningún otro tipo de tecnología futurista empleada por la sociedad. En una entrevista con Nash en Gijón durante el verano de 1961, Navarro hizo hincapié en este punto, aludiendo al impacto que tal dispositivo tendría sobre el comportamiento humano. Nash respondió que eso era irrelevante; solo importa lo que ese dispositivo pudo aportar al corazón y a los sentimientos de sus protagonistas.

 

Tierra y océano, olvido y llanto

Hay quien afirma (Navarro, entre otros) que El tesoro del corazón es una historia de amor. El argumento no puede ser más sencillo: un hombre y una mujer se conocen y se enamoran. Pero la inventiva de Nash sitúa a los protagonistas en puntos diferentes del planeta. Manrique (su apellido nunca se menciona en el texto) vive en un pueblo español, mientras que la mujer, Alba Oliva, habita en una gran ciudad ubicada en otro continente. Tierra y océano los separan, pero gracias al dispositivo de comunicación, de uso corriente entre los ciudadanos de todo el mundo, Manrique y Alba mantienen un contacto fluido. En ningún momento se nos dice que lleguen a verse, aunque la narración en este punto es confusa. Algunos pasajes son ambiguos y nos sugieren que su acercamiento es algo más que virtual. Santamarta considera este recurso literario como un as en la manga del autor, prologando el volcán emocional que estallará en los capítulos siguientes.

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Portada de la reedición en ebook “El tesoro del corazón” (Editorial Valdari, 2016).

Avanzar en la lectura de El tesoro del corazón es seguir un hilo de Ariadna. Es un dédalo en el que se entremezclan las conversaciones de los amantes con sus vidas reales. Hay momentos en los que nos sumergimos tanto en sus vaivenes vitales que nos olvidamos de la relación existente entre ambos. Manrique pugna por salir de un ciclo de pensamientos que lo consumen, mientras que Alba se somete, un tanto voluntariamente, a los cánones de unos férreos ideales. La separación entre ambos, tanto espacial como temporal, parece ser motivo suficiente para que su relación se vaya apagando. Pero Nash nos arrastra hacia un remolino emocional vivido a través de su creciente pasión. Una pasión que acabará desbordándoles. Pues ambos son conscientes que deben distanciarse si pretenden seguir con sus vidas.

Nash menciona que “una vez que el olvido entra en el espíritu, lo va devorando desde dentro” (El tesoro del corazón, p. 198). Es imparable, como un virus letal que destruye las gemas diamantinas que constituyen el alma y las convierte en piedras oscuras pesadas como el plomo. Al principio, Manrique se somete a este olvido como mero recurso de supervivencia. Pero con el paso del tiempo se da cuenta que si el olvido lo consume, todo el cariño que una vez llegó a sentir morirá también.

No sabemos nada de Alba Oliva durante el último acto de la novela. Es tal la intensidad narrativa de Nash en esta parte que los críticos aventuran a decir que ha marcado un resurgimiento sin precedentes en la novela de tradición romántica. El laberinto por el que vaga Manrique buscando su corazón perdido obliga al lector a enfrentarse a sus propios demonios. No importa de quién nos enamoramos; solo cuenta lo que permanece una vez que ese amor ha asumido otra forma. La transformación que sufre Manrique refleja claramente esta mutación. Después de la despedida de Alba, y tras un intenso momento de llanto contenido, Manrique se sumió en el primer estadio de lo que sería un hundimiento gradual hacia las profundidades de su alma. Se iniciaba así la transformación de un sentimiento puro en un pozo de rencores velados, de envidias calladas, de todas las pasiones humanas que, según Nash, no son sino la cara oculta del amor verdadero. La prosa huye de los diálogos copiosos para entregarnos la dulce melodía de un corazón que se desintegra, allanándonos el camino para la auténtica transformación del alma de Manrique.

En un artículo escrito por el mordaz crítico francés Dominique Laplace, publicado en la aclamada revista Textualia, expone que existe una profunda lectura jungiana desaprovechada en toda la obra de Nash, especialmente en la novela que nos ocupa. Laplace, directo en sus afirmaciones, ataca sin miramientos al escritor castellano acusándole de vulgarizar la psicología analítica:

 

Los personajes acartonados de Hugo Nash no solo nos dejan indiferentes en la exposición de sus vanos sentimientos, sino que también se manifiestan artífices de un descarado maniqueísmo que ningún lector culto puede ignorar. Lo que de otro modo debería alzarse como una declaración de fuerzas arquetípicas, dignas de ser doblegadas bajo la pluma de un escritor conocedor de su oficio, en El tesoro del corazón se nos ofrece en bandeja de plata la ofensa fácil de un consciente pueril. Sus protagonistas deambulan por párrafos carentes en su contenido del más hondo y humano de los misterios de la psique: una sombra que ni Manrique ni su bien amada Alba son capaces de asumir en más de doscientas cincuenta páginas (de “Del dicho al hecho en  la obra de Hugo W. Nash”. Textualia. Abril, 1987. pp. 27-28).

No importa de quién nos enamoramos; solo cuenta lo que permanece una vez que ese amor ha asumido otra forma. Clic para tuitear

Sin embargo, la novela póstuma de Hugo Nash ha encontrado también enconados defensores. Habiendo sido traducida a más de veinte lenguas, El tesoro del corazón ha levantado pasiones en ambos hemisferios. El afamado escritor americano de novela post-modernista, John M. Cartney, aludió a esta obra en una conferencia impartida en la Universidad de San Antonio, Texas:

 

La narrativa contemporánea necesita a Hugo Nash. Los jóvenes necesitan despertar toda la fuerza arrolladora que poseen en sus corazones y que solo el verbo de Nash logra capturar. El escritor español es la combinación perfecta de un Joyce y una Austen, erigiéndose en parangón de una nueva literatura costumbrista. Ahora más que nunca las letras universales merecen seguidores tan punteros como él (M. Cartney. “Sentenciando evidencias: el rigor en la novela post-moderna”. Mayo, 1990. Universidad de San Antonio).

 

El tesoro del corazón

Escritos en primera persona, los pasajes dedicados a los pensamientos de Alba nos adentran en sus procesos espirituales por los cuales interioriza su amor por Manrique. En Alba se gestan los sentimientos propios de una mujer que descubre pasiones que le desbordan. A medida que avanzan los capítulos, en los que se resuelven otros arcos argumentales – el conflicto con los hermanos de Alba y sus viajes esporádicos por el país -, la relación entre ellos va convirtiéndose en algo vivo y casi tangible, siempre desde la perspectiva de la mujer. Llegamos a conocer sus más recónditos deseos, la consolamos en su desesperación al percatarse de la imposibilidad de su amor con Manrique, y nos distanciamos de ella cuando reclama soledad para buscarse a sí misma.

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Se ha analizado en profundidad el significado del título de la novela de Hugo Nash. Incluso el último capítulo, “De Profundis”, ha levantado ardientes disputas entre sus críticos, pues en él se desarrollan plenamente las consecuencias del lance entre los amantes. Si bien antes nos habíamos quedado con Alba y su pesar, ahora nos centramos en lo más hondo de la emoción de Manrique. Este personaje es quien más ha cambiado a lo largo de la historia. De ser un hombre conducido por el hedonismo y el placer inmediato, llega a convertirse en el mayor defensor del más puro y elevado de los sentimientos. Pero eso no es todo: Nash nos enseña que, en realidad, no somos nosotros quienes cambiamos, sino que son las emociones las que mutan en nuestro interior. Son ellas las que dan vida a nuestro cuerpo. Baste citar las últimas palabras:

 

El tesoro del corazón se queda entre las venas, escondido dentro de cavernas de sangre. Su batir allana el pulso y calma las yemas. Tuvo que labrar su ímpetu a través de la cacofonía de los silencios, del suave ronroneo de palabras. Sus joyas no han conocido la dulce sien ni la delicada muñeca. Su frío tacto es ajeno al cuello blanco. Las diademas, nunca hacinadas en frentes sombrías, recuerdan el roce de las pestañas que una vez pervirtieron las imágenes de los cuerpos desnudos labrados en láminas de cristal.

Manrique siempre guardará el corazón de Alba Oliva. Atrás han quedado los días de olvido. Fueron cayendo las horas y los días, rompiendo contra su alma como olas espumosas. Y las rocas, su voluntad. Mas el tiempo las ha ido desgastando hasta convertirlas en el polvo inmortal de quien había amado. El mar llevará los espacios vacíos y las noches silenciosas. Todo enriquecerá su alma, más no su recuerdo. Labios nunca besados, piel nunca abrasada. Es su legado (El tesoro del corazón, p. 255).

El mar llevará los espacios vacíos y las noches silenciosas. Todo enriquecerá su alma, más no su recuerdo. Clic para tuitear

Dominique Laplace sostiene que la muerte de Manrique es un símbolo de superación cuya narrativa Nash “[ha] desperdiciado en pos de un melodrama barato” (ibíd. pp. 30). Navarro y Santamarta justifican la desaparición final de Manrique como una fusión metafórica con la figura de Alba; ello explicaría el tesoro del corazón: la unión perfecta de dos almas gemelas. Pero es el lector quien tiene la última palabra sobre el destino final de Manrique, colofón en una desconocida pero grandiosa historia de amor que ha pasado desapercibida para la literatura universal.

 

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