El chico azul

chico azul

Hacía mucho tiempo que soñaba con encontrarme al chico azul. Lo buscaba en mis fantasías y en mis pensamientos; lo buscaba al contemplar las altas nubes que se arremolinan sobre los cimbreantes bosques de mi tierra natal de Devon. Imaginaba que vivía lejos de mi hogar, tan lejos que su presencia se diluía entre distancias infinitas. Quizás por eso me esforzaba en inventar día tras día al chico azul hasta conseguir una completa imagen de su semblante y de su porte. Solamente un diario de cubiertas violáceas atesoraba la profundidad de su mirada de terciopelo y su figura se desenfocaba tras vagos bocetos garabateados con torpeza a lápiz.

Fue al caer el otoño cuando, paseando descalza por la playa que se extiende más allá de los muelles de Portsand, me encontré casualmente con el chico azul. Recuerdo muy bien aquel instante. Un cielo plomizo ensombrecía el lejano bosque cargado de bruma donde habitan los alces de silueta huidiza; a mi lado, la blanca espuma del mar se derramaba sobre la arena, desapareciendo rápidamente entre diminutos remolinos. Yo siempre avanzaba alejada del romper de las olas, cabizbaja, con el largo vestido negro rozando la arena y el rostro oculto bajo una lacia melena bruna. Ese atardecer no me acerqué a las antiguas ruinas de la abadía que se alzan, grises y solitarias, más allá de la playa. El poder de su viejo armazón pétreo no me atraía como lo había hecho otras veces, ni la niebla que se hacinaba alrededor de las resquebrajadas columnas me incitaba a desvelar sus olvidados misterios. Ansiaba hallar un alivio a mi melancolía bajo el serpentear de las olas o entre la turbia arena mecida por el viento. Caminaba pausadamente, abrumada y abstraída, encaminándome, como en un sueño, hacia los borrosos arrecifes que se adivinaban al final de la costa. Y entonces, cuando levanté la mirada, le vi a él.

Estaba sentado sobre la arena teñida por el anaranjado tono crepuscular que precede al anochecer. La espuma rozaba sus pies y el viento mecía lentamente un cabello castaño y ondeado. Cuando estuve a su lado no se giró para mirarme, sino que continuó encarado hacia las olas sumido en una extraña ensoñación. Me senté junto a él y murmuré unas palabras que ya no recuerdo; pero sé que fueron palabras tiernas, pronunciadas con el súbito candor que solo inspira la vivencia de un momento irrepetible. El silencio me hizo alzar la vista hacia su rostro. Los ojos, imposiblemente oscuros y profundos, invitaban a sumergirse en tristes lagos de olvido. Seguí su mirada hasta encontrarme con un sol rojo y enorme que reverberaba sobre el mar. Sentí la tibieza de sus débiles rayos como una caricia ya olvidada, como el calor de las ascuas en el invierno. Y así como el sol descendía tras los espumosos rizos del mar, así la sonrisa afloraba a los finos labios del chico azul. Apoyé la cabeza sobre su hombro y permanecimos inmóviles hasta que el sol, gigantesco y amarillento, hubo desaparecido tras el horizonte.

Estaba sentado sobre la arena teñida por el anaranjado tono crepuscular que precede al anochecer. Clic para tuitear

El plateado fulgor de la luna sobre el agua iluminaba la playa cuando nos incorporamos. Me tomó de la mano y dejé que me guiara hacia las sombras. Llegamos a las ruinas de la vieja abadía y nos sentamos sobre los restos de un chapitel ajado por el tiempo. Allí los minutos se congelaron y la noche nos envolvió con ternura mientras escuchábamos el suave ronroneo del mar frente a nosotros.

azul ruinas

Y mientras las pálidas estrellas recorrían el cielo nocturno, aprendí que en esos momentos el sol abrasaba mundos distantes; que criaturas etéreas vagaban por las esferas del tiempo y del espacio, y que a veces descendían sobre el mundo para velar por los sueños de los mortales; supe de Gehenna y de sus ciudadelas infinitas de negros muros donde los dioses arrojan penas a los hombres desde sus tronos de alabastro; acompañé a las dríadas de pómulos rosados hasta sus hogares bajo las raíces de nudosos robles cuyas ramas se curvan con el peso de flores purpúreas; conversé con una princesa en su palanquín de flecos dorados, bebiendo del cálido vino traído en bamboleantes carabelas desde la lejana Ohr; y acomodada entre cojines perfumados, escuché el rasgueo de arpas invisibles que arrancaban de mi ser deseos insondables.

Al despuntar el alba, el chico azul ya no estaba a mi lado. Se había alejado con la bruma del amanecer, internándose entre las ruinas para desaparecer en el bosque cubierto de rocío. Alcé mi rostro hacia un horizonte que estallaba con nueva vida. Vi a Helios, el del carro ardiente, dirigiendo a sus corceles de fuego a través de la bóveda celeste, dejando a su paso una estela anaranjada y resplandeciente. Podía imaginar las lejanas tierras bañadas por el mar, y rugientes olas se estrellaban contra blancos acantilados donde anidan los rocs. En aquellas riberas danzaban las sirenas con sus alegres gorjeos y, bajo las aguas, elfos de ojos rasgados cabalgaban sobre burbujeantes caballos de piel coriácea.

Regresé a mi hogar anegada en un profundo sentimiento de tristeza. Mi corazón había despertado tras el letargo de una vida sumida en tinieblas y ahora, ante la aplastante presencia de la realidad, retornaba al negro pozo del que había surgido. Al llegar al umbral de la puerta tuve el impulso de darme la vuelta. Quizás el chico azul se estuviera despidiendo desde la playa, agitando la mano en señal de adiós. Se apoderó de mí un irrefrenable deseo de correr hacia él y arroparme entre sus brazos, huir de toda la muerte que me rodeaba y a la que estaba a punto de regresar. Pero me quedé quieta bajo el dintel. Mi gesto se congeló y cerré los ojos para captar la esencia del momento, cincelándola en mis entrañas. Algo me decía que el chico azul me añoraba con su extraño corazón, recordándome con cariño desde el mundo en el que habitaba. Entonces una lágrima perfiló mi mejilla y sin mirar atrás cerré la puerta a mis espaldas.

Regresé a mi hogar anegada en un profundo sentimiento de tristeza. Clic para tuitear

He buscado, desde aquella mañana, el toque de la magia entre las ruinas de la abadía y junto a la blanca espuma de las olas al romper contra la playa. Mucho tiempo he contemplado la puesta de sol hasta que su luz moría en mis ojos apagados. Y en vano estuve sentada sobre el antiguo chapitel de piedra, escrutando la negrura de la noche durante inacabables horas de vigilia. Sabía que nunca volvería a ver al chico azul reposando junto al mar ni a compartir los misterios tan profundamente enterrados en su alma. Mas ahora, mientras escribo ante mi frío ordenador, una extraña felicidad caldea mi espíritu como la ceniza de un fuego extinguido. Porque ciertas noches recuerdo cómo los rayos de luna jugueteaban con el brillo de sus pupilas y me duermo bajo la mirada de aquellos ojos negros y callados, tan hondos, tan arcanos, anhelando hundirme para siempre en sus eternas lágrimas de olvido.

 

© 2017, Fictionos. All rights reserved.

Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *