En busca de otras dimensiones

dimensiones

Los seres humanos percibimos los objetos de la realidad en un entorno tridimensional. Las dimensiones son medidas de espacio, mientras que el tiempo es una dimensión especial. Cada una de las tres dimensiones es una dirección real perpendicular a las otras dos. Sin embargo, es del todo posible que existan muchas más , todas ellas perpendiculares a las restantes. De este modo, los humanos percibimos e interaccionamos sólo con las tres primeras, pero no somos capaces de percibir la cuarta, quinta o sexta dimensión. Eso no significa que no existan: de hecho, todas las posibles dimensiones forman parte constituyente del universo; solo demuestra que nuestros cuerpos y nuestras mentes no están capacitados para interaccionar con ellas.

La evolución natural de nuestro cerebro ha logrado no solo percibir el entorno inmediato, sino también recordar lo percibido en ese entorno. Es decir, a formar en el cerebro una “dimensión propia” que contextualice todo lo percibido. Esta capacidad posee varios millones de años de antigüedad y se localiza, como es sabido, en  el neocórtex cerebral.

Ahora bien: imaginemos un planeta más frío y más pequeño que el nuestro, iluminado por una estrella binaria. Debido a determinadas características geológicas, la mayor parte de la superficie planetaria está cubierta de gas, especialmente de radón. Al ser un elemento pesado y encontrarse en un entorno muy frío, el radón tiende a hallarse cerca de la superficie, fluctuando en grandes nubes semisólidas. Pero nubes más altas y puramente gaseosas afectan la estructura del gas, fragmentando algunas de sus moléculas y obligándolas a combinarse de nuevo casi al instante. Gracias a una afortunada circunstancia, las moléculas así modificadas logran copiarse a sí mismas y a reproducirse, creando de esta manera una consciencia propia.

dimensiones más allá

A partir de ese momento la vida no cesará de evolucionar, dando lugar a entidades físicamente inestables capaces de interaccionar con su entorno. Estos seres pueden poseer un tipo de “pensamiento” adecuado a su forma física y no localizado en un punto concreto de su ser como ocurre con nuestros cerebros. Es posible que dispongan de alguna estructura celular equivalente a nuestras neuronas y que de alguna manera evolucionen “hacia fuera”. Sin embargo, y a diferencia de lo acontecido en la Tierra, la cadena vital ha permanecido constante durante tres mil millones de años, sin verse interrumpida en ningún momento. Ello ha permitido que esta forma de vida no haya dejado de progresar, alcanzando estadios evolutivos inimaginables por nosotros. Como símil diremos que, por lo menos, lo que ahora forma nuestro cerebro al completo no es más que el tallo encefálico (inexistente en este caso) de esa forma de vida. Todo el “cerebro” que le rodea les habilita para percibir y de este modo manipular otras dimensiones invisibles para nuestros sentidos. La poca masa del planeta afectaría su estructura “craneal”, concediéndoles la posibilidad de modificar sus cerebros casi a voluntad. Si a ello le unimos la baja temperatura de su hábitat, sus mentes podrían funcionar a una elevadísima resolución y su pensamiento ser millones de veces más rápido que el nuestro.

Las consecuencias que puede aportar esta forma de vida son enormes. Podría tratarse de seres capaces de coexistir en cinco o más dimensiones a la vez e incluso desplazarse por diferentes espacios a voluntad, de la misma manera que nosotros nos movemos al caminar. Su tecnología posiblemente les permitiera crear construcciones en espacios alternativos y enlazadas a sus “cuerpos” en algún tipo de simbiosis, facilitándoles así el desplazarse a lo largo del tejido interdimensional para llegar a remotos puntos del universo. Si por algún extraño azar llegaran a nuestro mundo, seríamos totalmente incapaces siquiera de detectar su presencia, y sus poderosas mentes podrían afectar nuestras conexiones neuronales desviando los impulsos eléctricos para lograr cualquier cosa dentro de nuestros cuerpos y mentes. Y en el remoto caso de que pudiésemos observar su planeta de origen, nuestros sentidos y tecnología solo verían una superficie planetaria fría y desolada, incapaces de apreciar sus impensables construcciones esparcidas por el tiempo y el espacio. Creeríamos que nos enfrentábamos a otro mundo estéril y sin vida…

 

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