“El cuervo”. La belleza de la nostalgia

cuervo

 

Cuando Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore, 1849) pergeñó su inigualable poema titulado “El cuervo” no pudo imaginar que su influencia extendiera sus oscuras alas para abrazar con ellas el celuloide, la música y la prosa de los siglos posteriores. Suele ocurrir que tales homenajes deslucen y empañan el significado original de una obra hasta deformarla en pasajes, a lo sumo, entretenidos. Esta es siempre una situación injusta, y el poeta bostoniano no fue una excepción; por ello, la mejor forma de deshacer tal entuerto es recordar breve, pero rigurosamente, algunos de los significados que permanecen ocultos en el poema original, piezas clave de gran parte de los homenajes posteriores.

Un poema tan intenso y lleno de contenido como “El cuervo” no pudo ser gestado de forma casual. Poe acometió un proceso creativo consciente para transmitir la tesis poética que consideraba suprema: la belleza. El texto debería tener la brevedad de una sola lectura y Poe lo dividió en dieciocho estrofas, totalizando ciento ocho versos, todos ellos demasiado largos para la métrica inglesa. El tono buscado sería melancólico, pues la tristeza es el objetivo último de lo bello. Optó por un estribillo breve e intenso que constituyese la última palabra de cada estrofa, y así surgió el rasgo más característico del poema: el uso repetitivo de nevermore (nunca más). Quien pronunciase tal vocablo debería ser alguien irracional, pues un ser humano no repetiría constantemente una misma palabra. Por eso, pensó en algún animal que fuera capaz de imitar sonidos humanos y que a la vez evocara tristeza y soledad. Un cuervo, ave colmada de simbolismo mitológico, sería la elección más acertada.

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Quedaba aún el tema sobre el que versara el poema. Siendo la tristeza la manifestación última de la belleza, Poe consideró que no hay nada más triste que la muerte de una mujer hermosa. Y para expresar tal tristeza, el poema estaría en labios de su amante roto de dolor. Tenía así los dos elementos principales para elaborar su obra: un amante desconsolado, en duelo por su amada muerta, y un cuervo repitiendo una y otra vez “nunca más”. Restaría solamente combinar ambos elementos para contextualizarlos en un entorno poéticamente rico. Poe ubicó al amante en su propio estudio, exquisitamente amueblado y evocador de los recuerdos de su perdida Lenore.

La aparición del cuervo en la estancia conlleva varios niveles de significado. El narrador, leyendo libros de saber olvidado en la soledad de su estudio, escucha una llamada en la puerta. Intrigado la abre, para sólo vislumbrar tinieblas más allá del umbral:

 

En lo oscuro atisbaba con ahínco.

Temor, asombro y dudas me invadían;

Soñaba sueños que ningún viviente

Osó nunca soñar […]

 

Obsesionado por el recuerdo de Lenore, cree que es el espíritu de su amada quien ha llamado a la puerta. A esta ensoñación se le añade el hecho de haber leído tomos posiblemente arcanos que exaltan su imaginación. El poema alcanza un nivel de tensión que forma la antesala de lo que vendrá después; porque al poco tiempo, el narrador escucha otra llamada, pero esta vez desde la ventana:

 

Abrí el postigo, y con gentil revuelo,

Entró entonces un cuervo majestuoso,

Como en los santos días del pasado.

 

El ave cruza volando la habitación y se posa sobre un busto de Palas Atenea que se halla enclavado sobre el dintel de la puerta; la misma que el narrador abrió hace unos instantes. La elegancia y altivez del cuervo recuerdan aquellos días, tal vez míticos, en los que cada acto era perfecto, digno de ser inmortalizado. Quizás por eso Atenea domina la barroca estancia desde una posición prominente. Atenea, diosa de la sabiduría, simbolizada por una lechuza que ahora es mutada en un cuervo negro. Al posarse sobre el busto, esta diosa deja de ser la blanca y pura manifestación griega del intelecto y del conocimiento para trocarse en una deidad oscura, en un poderoso némesis portador de un saber desconocido. A partir de este momento el narrador comenzará a manifestar un cambio drástico y formula una pregunta al ave:

 

“A pesar de tu cresta desollada,

Cobarde no eres, ciertamente, cuervo

Torvo, espectral, errando por el margen

De la Noche Plutónica. Revélame tu nombre…”

El cuervo dijo: “Nunca más.”

 

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Detalle de la ilustración de Edmund Dulac para “The Raven” (1912)

El poeta es consciente de que esa criatura llega desde lugares irreales, quizás bordeando los dominios de Plutón, dios de las tinieblas y símbolo de nuestros infiernos interiores. Pero el cuervo tiene la capacidad de imitar los sonidos, y responde a su pregunta con el único recuerdo fonético del que dispone. El poeta conoce así su nombre, “Nunca más”. Su dolor y sus dudas se disipan por unos instantes y habla al cuervo incitado por una extraña curiosidad. Coloca un sillón frente a la puerta y reclina la cabeza sobre el mullido cojín que en otro tiempo perteneciera a su querida Lenore. El cuervo le observa con mirada de fuego, expectante ante las crípticas preguntas nacidas de la desesperación. Como si hablase consigo mismo, se conjura a olvidar a Lenore; inquiere si existe un bálsamo curativo en Galaad que le calme para siempre de su tormento; y desea saber si su alma abrazará alguna vez el espíritu de su amada en el Edén distante. Hasta que finalmente exhorta al cuervo a irse, a que retire el pico de su pecho y su forma de la puerta. Y la respuesta es siempre la misma: nunca más. La última estrofa revela un desenlace amargo:

 

El cuervo, inmóvil, sigue aún posado

Sobre el pálido busto de Atenea,

Encima de la puerta de mi estancia;

Sus ojos son de un demonio que sueña.

La luz sobre él mi lámpara derrama

Proyectando su sombra por el suelo.

Y mi alma fuera de esa flotante sombra,

¡nunca más se alzará!

 

El amante ha pagado un alto precio por su sed de conocimiento. Tuvo que entrar en el alma del cuervo para conocer las respuestas, un alma imbuida por el divino influjo de la diosa que ahora se extiende como una sombra amenazante. Es un ave que ha llegado a simbolizar la soledad, el destierro voluntario de quien decide existir en un mundo superior al del resto de los hombres. En esa soledad se hallaba sumido el amante mientras leía tomos de saber prohibido. Ese cuervo, dotado de magia profética, sabe que permanecerá para siempre sumido en la luz del conocimiento que él tanto deseaba, acompañándole en su desdicha y en su memoria. Pues el cuervo se quedará allí, en su estancia con él, altivo, sabio y poderoso sobre la inmaculada efigie de Atenea.

El cuervo simboliza la soledad, el destierro voluntario de quien decide existir en un mundo superior. #Poe Clic para tuitear

“El cuervo” fue publicado el 29 de enero de 1845 en la revista neoyorquina Evening Mirror, después de haber sido rechazado anteriormente. Ya por aquél entonces se le consideró una pieza cumbre de las letras americanas. Los elogios se adjuntaron con el poema para reivindicar la originalidad de su versificación y “la potencia sostenida de elevación imaginativa y de agudeza”. No tardaron en aparecer reediciones, imitaciones e incluso parodias del poema, y la figura de Edgar Allan Poe ha permanecido desde entonces grabada a fuego en la historia de la literatura universal.

La película El Cuervo (Alex Proyas, 1994) contiene referencias indirectas al poema de Poe, objeto de esta entrada. Un análisis exhaustivo de la película, dividido en tres partes, se abre con el título Sueño el oscuro sueño del cuervo (1 de 3).

 

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