Clarimonde. La muerta enamorada, la sublime tentación

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La vampiresa

“La muerta enamorada” es uno de los muchos textos que sirvieron de referente a autores posteriores, y no solo por su declarada antigüedad, sino también por su importancia intrínseca argumental. Y es que, casi con seguridad, Théophile Gautier (1811 – 1872) no pudo imaginar en el lejano año de 1836 que con su breve cuento “La muerta enamorada” estaba sembrando las semillas de uno de los personajes más punteros de la literatura fantástica de horror: el vampiro, o en su caso, la vampiresa, prototipo de mujer fatal que condena a los hombres con sus místicos encantos. No solo Gautier contribuyó a la creación del vampiro como personaje literario: William Polidori (1795 – 1821) ya lo había hecho algunos años antes con su relato El vampiro (1819). Posteriormente, Joseph Sheridan Le Fanu (1814 – 1873), autor irlandés, escribirá Carmilla (1872), novelette donde también cuenta con una vampiresa como protagonista.

Gautier, seguidor en Francia del aclamado escritor E.T.A. Hoffmann, incluirá en “La muerta enamorada” atmósferas etéreas y oníricas, combinándolas hábilmente con los elementos característicos del cuento de miedo con los que aún hoy en día estamos familiarizados. Pretender analizar con un mínimo de rigor todos y cada uno de dichos elementos requeriría un artículo más extenso. Por lo tanto, nos centraremos en los elementos temporales y espaciales, y cómo éstos influyen en la obra para dotarla de ese aroma mágico y aterrador que la caracteriza.

 

Cronotopo y telos

Hemos optado por acudir a determinados recursos literarios que nos ayuden a explorar con más facilidad el esquivo mundo de lo fantástico dentro de las coordenadas espacio-temporales. Antes de entrar en el análisis de tales coordenadas definiremos los términos elegidos, cuya descripción, más desarrollada, puede encontrarse en la obra titulada Fictional Truth (1990) de Michael Riffaterre:

Cronotopo: término originalmente acuñado por Bakhtin, el cronotopo es una unidad narrativa caracterizada por la interrelación del espacio y el tiempo. Puede tratarse de momentos, de     determinadas situaciones en la narración e incluso de relaciones entre ciertos personajes que, situándose en un punto en el espacio, sugieran un punto en el tiempo, y viceversa.

Telos: el telos abarca todas las posibles opciones narrativas y argumentales que permiten al relato gozar de un desenlace determinado. Al comenzar a leer un cuento fantástico, especialmente uno de horror, el lector avezado ya es consciente de antemano del final del protagonista o del antagonista. Esta posibilidad, una vez corroborada, es uno de los telos del relato.

Una mujer joven de una extraordinaria belleza y vestida con un esplendor real. Clic para tuitear

La tentación

A grandes rasgos, puede afirmarse que “La muerta enamorada” se desarrolla en dos ambientes claramente contrastados: el mundo real donde vive el protagonista, el padre Romualdo, y el mundo semionírico, semirreal, cuyas puertas le abre Clarimonde una vez que ella ha muerto. El primero de ellos puede, a su vez, dividirse en dos enclaves diferentes: la ciudad (que Gautier en ningún momento dota de un nombre propio) y la pequeña parroquia rural a la que Romualdo es enviado después de haber sido ordenado sacerdote.

 

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Aunque es del todo imposible conocer los motivos auténticos por los cuales Gautier decidió iniciar su relato en primera persona, podemos aventurar que su intención era no alejarse de los cánones estructurales impuestos en la narrativa fantástica de horror del siglo XIX. Tales cánones obligaban a comenzar una historia situando al lector en un punto referencial determinado, siempre un lugar familiar y con el que el lector pudiera identificarse desde un principio. Por ello, tras una breve disquisición que nos advierte de lo que vendrá después, el autor nos presenta al protagonista a punto de ser ordenado sacerdote en su iglesia. Sin embargo, ocurre algo sorprendente y repentino: en plena ceremonia, Romualdo ve a “una mujer joven de una extraordinaria belleza y vestida con un esplendor real”. La mirada de esa mujer le conmina a abandonarlo todo y entregarse a un imperecedero amor. Romualdo no cede y finaliza la ceremonia; pero el telos ya está fijado. Es natural que el argumento se teja en torno a esta mujer y la relación que el sacerdote mantendrá con ella. Hasta el momento, nada fantástico o fabuloso ha ocurrido.

El autor se entretiene narrándonos los tentadores infiernos por los que cruza Romualdo al luchar contra sus impulsos. Ello desemboca en un clímax que tiene lugar cuando sale confundido de la iglesia:

 

Al franquear el umbral una mano se apoderó bruscamente de la mía, ¡una mano de mujer! Jamás había tocado otra. Era fría como la piel de una serpiente y me dejó una huella ardiente como la marca de un hierro al rojo vivo: Era ella.

– ¡Infeliz, infeliz! ¿Qué has hecho? – me susurró.

 

Apreciamos un claro cronotopo en esta escena. La descripción de la mano de la mujer evoca en el protagonista una oscura referencia a una serpiente, evidente símbolo del demonio y de la tentación. La referencia huye del momento presente y se sitúa en un punto allende el lugar donde se desarrolla el encuentro. Un lugar etéreo donde convive lo helado y lo abrasador, un lugar que Romualdo, como sacerdote, ha sido preparado para evitar. La alusión al infierno y por lo tanto a la maldad que esta extraña mujer lleva consigo se hace obvia. De manera lenta pero segura Gautier nos ofrece pequeños bocados descriptivos que no son del todo fantásticos, pero que no puede decirse tampoco que sean completamente verosímiles.

 

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Lo etéreo

La acción sigue avanzando hasta otro momento clave: cuando Romualdo, acompañado del padre Serapion, abandonan la ciudad y ascienden por una colina para dirigirse a la nueva residencia del recién ordenado sacerdote. Desde la cima vislumbra el palacio de Clarimonde y su blanca figura deslizándose por la terraza de la elevada torre. Esta lejanía evoca un lugar distante, el propio palacio ahora inaccesible por la distancia. Al resultar evidente que aquél lugar es el hogar de la misteriosa mujer, el palacio se nos antoja morada de maldad y perversión. Y aún más importante es el momento en el que Romualdo ve la espira del palacio: momento en el que abandona la ciudad para internarse en el segundo espacio que comentábamos más arriba. La nueva localización a la que se dirige el protagonista será escenario de acontecimientos extraños y oníricos. Este cambio de enclave espacial, con la presencia en segundo plano del palacio de Clarimonde, nos advierte que la mujer continuará tejiendo el destino del sacerdote y que más adelante nos demostrará todo su poder. Desde este punto de vista, la situación nos remite a otro cronotopo lleno de significación.

Transcurre poco tiempo hasta que tiene lugar el incidente más significativo del relato y que nos permitirá presenciar todo el despliegue de fantasía con el que Gautier nos honra en el resto de la historia. Pasado cierto tiempo en el que Romualdo es víctima de su obsesión, un extraño visitante llega a la casa en la noche. Es portador de la turbadora noticia de que su señora está a punto de morir y requiere de las atenciones de un sacerdote. Romualdo monta en uno de los fantasmagóricos caballos y se inicia un viaje que merece transcribirse al completo:

Las negras siluetas de los árboles huían como un ejército derrotado. Clic para tuitear

Bajo nuestro insaciable galope, la tierra desaparecía gris y rayada, y las negras siluetas de los árboles huían como un ejército derrotado. Atravesamos un sombrío bosque tan oscuro y glacial que un escalofrío de supersticioso terror me recorrió el cuerpo. La estela de chispas que las herraduras de nuestros caballos producían en las piedras dejaba a nuestro paso un reguero de fuego, y si alguien nos hubiera visto a esta hora de la noche, nos habría tomado a mi guía y a mí  por dos espectros cabalgando en una pesadilla. De cuando en cuando, fuegos fatuos se cruzaban en el camino, y las cornejas piaban lastimeras en la espesura del bosque, donde a lo lejos brillaban los ojos fosforescentes de algún gato salvaje. La crin de los caballos se enmarañaba cada vez más, el sudor corría por sus flancos y resoplaban jadeantes. Cuando el escudero les veía desfallecer emitía un grito gutural sobrehumano, y la carrera se reanudaba con furia.

 

De la misma manera que el cambio de escenario que se da entre la ciudad y la parroquia rural nos es mostrado como algo significativo donde ocurre un hecho relevante para el avance de la historia (la visión de la mujer en lo alto de su castillo), el segundo cambio espacial no solamente es importante, sino que goza del prestigio de introducir por vez primera unos elementos realmente fantásticos. Los acontecimientos que tienen lugar en la descripción del galope debemos tomarlos por reales dentro del marco argumental del relato: no existe ningún indicio que nos explique una mudanza de tiempo o espacio desde el momento en el que llega el guía con el aviso hasta la entrada en el palacio de Clarimonde, sito en la ciudad. Solamente se nos habla de un viaje fantasmal cargado de elementos folklóricos y simbólicos: la aparición de los fuegos fatuos nos recuerda las viejas leyendas europeas que mencionan a estas extrañas criaturas como moradoras de los pantanos y que atraen a su perdición a los hombres gracias a su esquiva luminosidad; las cornejas, claro presagio de muerte; las huellas llameantes dejadas por los caballos, monturas infernales aptas para los jinetes del Más Allá. Y, en fin, el oscuro bosque que atraviesan puede interpretarse como el portal a otro mundo o, como parece insinuarse, la puerta que lleva al infierno.

 

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Lo perverso

Nos encontramos ante otro importante telos en la escena siguiente. Nuestro sacerdote halla muerta a Clarimonde en su alcoba. El autor, en varias páginas, se entretiene en mostrarnos los sentimientos de amor de Romualdo y cómo, en un arranque de pasión, besa la pálida boca de la yaciente. Ésta despierta y le abraza, correspondiéndole a sus sentimientos. La escena nos evoca el recuerdo inevitable de “La Bella durmiente”, antiguo cuento de hadas de tradición oral y traído a la luz de la mano de Perrault en el siglo XVII. Pero al leer esta escena, punto neurálgico del relato, Gautier limita el resto del mismo a una estrecha gama de posibilidades: ambos personajes seguirán en contacto y, gracias al elemento fantasmal y diabólico presentado tan sagazmente bajo la descripción de la cabalgada nocturna, esta unión terminará en drástica ruptura por tratarse de algo antinatural ajeno a las prescripciones de Dios. Porque, en cierto sentido, Romualdo no deja de ser un héroe con todas las características de la tradición heroica: tenaz, luchador y víctima de bajas tentaciones que terminará derrotando por sus propios medios. En nuestro relato, sin embargo, necesitará la ayuda del padre Serapion para escapar a su nefasto destino.

El fluir temporal se detiene en lo que viene a continuación. Romualdo, leemos, permanece tres días prácticamente inconsciente:

 

(…) me encontraba tan débil que no pude articular palabra ni hacer el más mínimo movimiento. Supe después que estuve así tres días, sin dar otro signo de vida que una respiración casi imperceptible. Estos días no cuentan en mi vida, no sé dónde estuvo mi espíritu durante este tiempo, no guardé recuerdo alguno.

 

El autor detiene el tiempo en este pasaje tanto para evocar un aire de extrañeza y de atemporalidad, como con el objetivo de reservar las descripciones detalladas y precisas para otros momentos más importantes. Cuando finalmente el protagonista vuelve en sí, descubre que no existe ningún castillo ni palacio en los alrededores que se ajuste a la descripción del lugar donde estuvo con Clarimonde. Tal vez no fuera más que una ilusión por parte de la delirante mente del sacerdote; pero en el fondo sabemos que hay algo más.

Es un error no acompañar a esta bella dama de sangre azul allá donde quiera llevarnos con su amado Romualdo. Clic para tuitear

 

El ansia

Gautier no nos deja un momento de respiro. La noche siguiente, hallándose Romualdo en el lecho de su casa parroquial, recibe la inesperada visita de su amada. Lo que ella nos refiere en su breve monólogo establece un cronotopo que nos transporta a los oscuros parajes que Clarimonde se ha visto obligada a hollar, un lugar donde “solo hay espacio y sombra, no hay camino, ni senderos”. Y para que no haya lugar a dudas, nos dice: “¡Cuánta fuerza necesité para levantar la lápida que me cubría!”. Romualdo sucumbe ante la proposición que la mujer le hace de acompañarle la noche siguiente al lugar donde llevarán juntos una existencia holgada y feliz. Aunque ahora ya sabemos con certeza que nos enfrentamos a una muerta viviente, la belleza con que la viste el autor rehúye toda insinuación de la fealdad y el horror que estas criaturas han sembrado siempre en la tradición literaria. En realidad es todo lo contrario: nos hace parecer un grave error no acompañar a esta bella dama de sangre azul allá donde quiera llevarnos con su amado Romualdo.

Y ese misterioso enclave no es otro que la Venecia del siglo XVIII. Tras un viaje muy semejante al que vivió Romualdo en compañía del servidor de Clarimonde unos días antes, los amantes llegan a la ciudad italiana y comienzan una vida él de despreocupado caballero entregado a los placeres de su tiempo, y ella de arrogante cortesana siempre rodeada de fastuosidad y lujos. No es fácil aventurar una explicación convincente que nos aclare este trasvase espacial y temporal que viven los personajes. Probablemente tanto el palacio de Clarimonde en la ciudad, donde murió, como esta Venecia dieciochesca sean otro plano u otra dimensión que la vampiresa puede alcanzar con sus extraños poderes. En este caso, la equivalencia del umbrío bosque con el portal mágico que comentábamos anteriormente sería válida para esta explicación. También puede tratarse de un viaje místico espacio-temporal que solamente pueden experimentar las almas de los mortales. Así, el espíritu resucitado de Clarimonde posee la voluntad de arrastrar el alma del sacerdote allá donde desea, a un lugar donde ambos se encuentren en un mismo estado de existencia. Gautier no nos deja muy claro qué ocurre exactamente. Parece limitarse a transmitir emociones y situaciones, sin preocuparse demasiado por ubicar en el tiempo y en el espacio los escenarios en los que se desenvuelven los personajes.

 

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Venecia

En Venecia se revela la auténtica naturaleza de Clarimonde. Cuando Romualdo, desayunando, se hace un pequeño corte en un dedo, la mujer revive completamente y se abalanza a sorber el rojo líquido:

 

Saltó de la cama con una agilidad animal de lobo o de gato y se abalanzó sobre mi herida que empezó a chupar con una voluptuosidad indescriptible. Tragaba la sangre a pequeños sorbitos, lentamente, con afectación, como un gourmet que saborea un vino de Jerez o de Siracusa. Entornaba los ojos, y sus verdes pupilas no eran redondas, sino que se habían alargado.

Es una historia de amor etéreo y de lucha interior por romper con las ataduras de la tentación. Clic para tuitear

En un lugar semionírico, donde reina el amor y la abundancia; el temido demonio con el que siempre ha luchado el sacerdote aparece repentinamente, en medio de una situación vulgar. Su naturaleza vampírica se hace evidente al transformarse sus pupilas en alargadas rendijas, como los de un felino. Su víctima, aunque deseosa de complacerla, solo puede huir de su estado cuando sueña, y sueña que es un sacerdote en una villa desconocida. Del mismo modo, el sacerdote se reúne con su amada cuando duerme y sueña que se ha convertido en un caballero veneciano. Estos momentos de cambio de estado son cronotopos que, situándose en el duermevela, nos trasladan a otro tiempo y a otro espacio. La cadena no puede romperse sin la ayuda exterior, que llega bajo la forma del padre Serapion, consciente desde un principio del problema de su allegado. La maldad de Clarimonde se hace del todo evidente cuando su cuerpo es desenterrado en el cementerio y convertido en polvo gracias a las bendiciones del padre Serapion.

 

Gautier nos ha ofrecido en “La muerta enamorada” una historia de amor etéreo y de lucha interior por romper con las ataduras de la tentación. Es una narración romántica en la que el hábil dominio de la secuencia temporal y la gracia del ritmo narrativo se unen para dejarnos testimonio de que una historia de amor puede tener muchas caras diferentes.


 

Texto manejado:

“La muerta enamorada” (1836), en Cuentos Fantásticos del XIX, Madrid, Siruela, 1987, traducción española de V. Pérez Gil

 

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