Berserkr . El declive de la máscara humana

Berserkr

Cuando el mundo era joven y los rayos de sol sorteaban indolentes la maleza derramándose sobre la hojarasca primigenia, los cazadores, ocultándose entre las sombras, acechaban a sus presas con fría constancia. Necesitaban la caza para sobrevivir. Y para conseguirla debían adquirir destrezas extraordinarias. Grandes y hábiles fueron sus maestros: los felinos, cegadores en sus ataques, enseñaron al hombre primitivo a saltar y agarrar a sus víctimas. El león, el tigre y el leopardo le mostraron cómo hacerlo; las aves de rapiña, de vuelo solitario, se lanzaban al ataque desde las alturas, incitando al cazador a imitar su velocidad. Así surgió el arma de alcance más sofisticada durante muchos siglos: el arco. Pero el animal que más inspiró al cazador con sus indómitas costumbres y  natural ferocidad fue el lobo.

El lobo hace de cualquier clima y terreno su hogar. Cohabita con pueblos de todas las razas y de todos los continentes. Llegó a formar parte de muchas culturas como animal totémico, simbolizando el poder de gran número de clanes primitivos. Porque una vez dominadas las habilidades practicadas por los animales, y cuando la deuda de sangre derivó en la lucha abierta, el consumado cazador se convirtió en guerrero principiante. Por su espíritu discurría la furia de lo salvaje, el ímpetu de la Naturaleza. En combate, el guerrero honraba a sus antiguos maestros lanzándose impetuosamente a la refriega, arrancando la vida de sus enemigos con tremendos golpes. Baste mencionar a los antiguos guerreros hindúes, que no sólo habían adquirido la velocidad del lobo, sino también la fuerza del oso; o a los guerreros sudafricanos, capaces de esquivar las lanzas enemigas gracias al pelo de rata que se ensortijaban en los cabellos; y los behuanas acostumbraban a llevar hurones como amuletos, pues siendo este animal tan difícil de matar, proporcionaba semejante resistencia al portador.

A medida que el surgimiento de la civilización fue despojando al salvaje de su anexión al mundo natural, así  perdió la vieja empatía con sus hermanos ancestrales. Los animales pasaron  a un plano designativo donde su poder sólo dependía del uso que le diera la comunidad. Siendo el lobo una criatura peligrosa, causante de muchos males, su nombre se hizo extensivo a los miembros que eran hostiles hacia el pueblo. De este modo, en el mundo germánico se denominaba ‘lobo’ (wargaz) al criminal expulsado por la tribu; y ‘lobo’ (uetna) era quien perdía la protección de la ley por raptar a una mujer entre los hititas. Cualquier extranjero era un ‘lobo azul’ (cú) para los antiguos irlandeses, acentuando con el adjetivo el odio que sentían hacia los britanos que se pintaban, los pictos. La esencia del mal fue apoderándose del lobo, pues los hombres le traicionaron.

drakkars

El desarrollo tecnológico trajo consigo la mejora de los útiles de batalla. Mejores armas y armaduras para aquellos entrenados en su manejo. Desaparecida la vocación del guerrero como medio básico de supervivencia, la lucha se convirtió en una técnica que requería un entrenamiento constante y sometido a disciplina. Aparecieron los primeros ejércitos. El carácter individual de la lucha cuerpo a cuerpo quedó relegado a un segundo plano en aras de una organización grupal efectiva de guerreros. Se olvidaron las viejas maneras de la Naturaleza; los soldados de algunas culturas incluso realizaban la caza no sólo por placer, sino como práctica para su oficio. Pero algunos hombres quisieron volver a recordar.

Y entre ellos surgió la vetusta figura del guerrero nato. Los primeros celtas lo conocieron, posteriormente los germanos y en especial los escandinavos. Su presencia resultó impactante incluso para sus semicivilizados compañeros de armas: hombres cuyo porte recordaba más al de un animal que al de un humano. En sus fieros ojos ardía el fuego de la más descarnada barbarie, y en combate dejaban tras de sí una estela de desolación. Parecía natural que los propios dioses contaran entre sus huestes a hombres de semejante valía. De esta manera Odín estuvo rodeado de sus einherjar, cuyos miembros más destacados no sólo parecían lobos u osos en la batalla, sino que en realidad eran estos animales mismos. La Ynglingasaga  cuenta que

 

[los hombres de Odín] iban sin coraza, salvajes como perros y lobos. Mordían sus escudos y eran fuertes como osos y jabalíes. Mataban a los hombres con un único golpe, y ni el hierro ni el fuego podían nada contra ellos. A esto lo llamaban “furor del berserkr”.  (Capítulo VI)

 

Casi lo mismo ocurría con los guerreros mortales. En su estado salvaje apenas sentían dolor, e incluso con las más terribles heridas arremetían con renovado vigor, estado que alcanzaban endosándose la piel de un animal. Por ello se les denominaba berserkr, de bjorn (oso) y serkr (envoltura). Aquellos que empleaban una piel de lobo eran llamados ulfhednar, “con cabeza de lobo”. Pero tales atavíos servían únicamente para atemorizar a los enemigos, debilitándoles psicológicamente antes de entablar combate. El aura desprendida por estos indómitos luchadores desanimaba incluso a los más esforzados adversarios. Presas de la berserkirgangr, o ira homicida, retornaban al primitivo estado animal para llegar a la victoria. No importaba el número de enemigos: sólo existía un velo de sangre ante sus ojos que lo arrollaba todo. Y cuando ya nadie quedaba en pie,  mientras el viento arrastraba los despojos de los muertos, el berserkr se derrumbaba exhausto, y todas las heridas sufridas le laceraban con dolor. Muchos no volvían a levantarse.

Odin

Detalle de “Odin, der Göttervater” de Carl Emil Doepler (1880)

La berserkirgangr no solamente se alcanzaba por el empleo de una piel animal; algunos se creían poseídos por su dios Odín, líder de los primeros berserkir. También eran capaces de autosugestionarse antes del combate, y se ve aquí un posible caso de prematuro ataque epiléptico. La hipótesis ha llevado a pensar en el carácter hereditario del frenesí. Las leyendas afirmaban que tales guerreros poseían herencias monstruosas que les venían de antaño; es el caso de la historia de Bodvar Bjarki, miembro de la guardia personal de Hrólfr Kraki, obligado a compartir su espíritu con el de un oso. Un relato verídico menciona que los doce hijos de un determinado hombre eran todos como un berserkr. Cuando presentían que el frenesí  iba a apoderarse de ellos, se veían obligados a desembarcar para desfogar luchando contra árboles y rocas; de lo contrario podían matar a sus amigos con su incontrolada furia.

Cuando la ira homicida se apodera del guerrero todo su mundo se reduce a un irrefrenable deseo de muerte. En su furia cree que todo lo que se halla fuera de sí mismo es una amenaza que merece ser destruído sin dilación. Todo su ser se concentra en la potencia  física, apartando a un nivel subconsciente la capacidad de pensamiento o raciocinio. Su parte humana desaparece para verse reemplazada por un perfil completamente animal. Cada individuo posee en lo más recóndito de su cerebro un estado de consciencia originado hace cientos de millones de años por los reptiles, de los cuales procedemos. Esta parte del cerebro, llamada Complejo-R, es la sede de la territorialidad, la jerarquía y la agresión. En ella se canaliza nuestro más profundo sentimiento de miedo y también el instinto sexual. Rodeando al Complejo-R se encuentra el sistema límbico, evolucionado a partir de los primeros mamíferos hace decenas de millones de años; es la fuente de nuestras emociones, preocupaciones y estados de ánimo. Y por último está el neocórtex, el cúlmen de la evolución mental que tuvo lugar con la aparición de los primates. El lenguaje, las ideas, la intuición y la memoria tienen lugar aquí. Estos tres niveles cerebrales, desarrollados de dentro hacia fuera, se hallan en continua conexión. Algunos estados mentales pueden hacer aflorar a un primer plano los niveles inferiores, estados desencadenados normalmente por situaciones externas. En tales momentos, el hombre recupera su ancestral herencia y aparta bruscamente lo que le caracteriza como ser humano.

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En un estado mental normal, el guerrero berserkr es igual que cualquier otro hombre, si bien su apariencia y  violencia contenida le otorgan un aspecto realmente salvaje. Pero cuando presiente que se acerca la batalla, o cuando las manifestaciones de la realidad se abaten amenazantes sobre él como una ola gigantesca y opresiva, la máscara humana cae y surge la bestia. Al principio sus emociones se alteran, se intensifican. Los pensamientos ordinarios desaparecen y con ellos toda consideración hacia el contexto inmediato. La corteza funcional reduce en gran medida su frecuencia dejando vía libre al sistema límbico, a las alteraciones corporales y sus reflejos puramente somáticos: algunos guerreros, presa de una profunda ansiedad, muerden los bordes de sus escudos, aprietan la empuñadura de sus armas hasta que sus nudillos se tornan blancos y  sus ojos se inyectan en sangre. Y cuando ya no pueden más cargan ferozmente a la batalla, aullando, abatiendo todo lo que se encuentra en su camino. Ahora ni siquiera poseen estados de ánimo, ni emociones, sino sólo la más profunda agresividad, el más atávico impulso destructivo. Su cerebro se ha reducido a un pequeño volumen neuronal llamado Complejo-R, el reino de los reptiles. Ya no son hombres: son máquinas de matar.

Grande y poderoso fue el berserkr. En su tiempo estos hombres llegaron a ser admirados, pues el desenlace de muchas batallas dependía de ellos. Su juventud estuvo preñada de sangre, de muerte y de pérdida. Los pocos que alcanzaban la vejez se convirtían en blanco de supersticiones campesinas. Ancianos robustos y sombríos que, al caer la noche, y en especial durante el plenilunio, se mudaban de apariencia y adoptaban formas animales. A menudo la forma de enormes lobos que asolaban la campiña. Pero aquellos campesinos ignoraban que en su más profundo interior, al igual que en el nuestro, se agazapa una furiosa bestia encadenada con los eslabones de la civilización y la opulencia, presta a dar rienda suelta a su verdadera naturaleza. Porque la berserkirgangr se revuelve inquieta en nuestra alma y nos llama con un incesante ronroneo de vuelta al sabor de la batalla, a la locura de la muerte, a la canción de las espadas. De vuelta al origen de la bestia.

 

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