Alatriste. El viaje de un hombre valiente

Alatriste

Es una historia que me trajo a la memoria y al corazón sensaciones que creía olvidadas. El haber seguido durante dos horas las andanzas de un hombre, cuyo porte ya me resultaba familiar de previas aventuras, que no pretende más que seguir con vida en un mundo hostil, me ha recordado a viejas películas, antiguas lecturas, cuyos protagonistas se baten en cruzadas armadas y sentimentales, siempre con el honor por delante, conocedores del miedo mas no de la cobardía. En sus actos cabe encontrar la prudencia que guía al caballero, la fuerza que salva al luchador y la montaña a la que hace referencia la conocida y magistral obra de Kurosawa.

El propio comienzo de la cinta esconde multitud de significados: una figura saliendo de las aguas, privada de todo sonido salvo el que acompaña al alumbramiento. Una silueta borrosa que sugiere la evolución desde un preludio incierto hacia un nuevo renacer. Durante unos segundos se halla en el vacío primordial, cuna de toda vida, rodeado de tiniebla. Sin embargo sabemos quién es el que emerge, aunque la bruma nos impida conocer su origen y nos aliente a presagiar, al mismo tiempo, la materialización en un hombre que acaba de tomar una nueva forma, transmitiendo los valores que todo héroe nato ha de poseer: la templanza y el valor. Tal es la magnitud de la primera escena que vemos cómo el personaje es el portador del fuego, al igual que un Prometeo retornado. Es un fuego que se cuida, que se evita que muera en el agua, porque su pérdida significaría la total condena de los hombres. De hecho lo primero que vemos es el símbolo de la llama salvando la superficie del agua, como la primera luz, la luz primordial, que desgarra la sombra y da origen a un nuevo espacio.

Es un fuego que se cuida, porque su pérdida significaría la total condena de los hombres. Clic para tuitear

Pero mientras la niebla oculta lo que va a venir, el agua permanece omnipresente, dominándolo todo. El agua refleja el lado puro de la sangre que se va a derramar, imbuye de frialdad el acero y lo forja en un rayo que será instrumento de la futura matanza. El héroe que avanza lentamente a través del agua se encuentra sumergido en ella, disuelto en el líquido purificador. Ese hombre absorbe la vida que le procura y le da nuevas fuerzas para llevar a cabo su misión. Por unos momentos es alguien eterno. Su imagen perdura en el tiempo mientras el agua, unida al sonido que su lánguido agitar produce, nos acompaña a través de otros silencios. Lentamente nos va introduciendo en diversos mundos, pues tal es su objetivo. Serán mundos llenos de muerte y de pérdida en los que su retoño ha de triunfar, pues se le han conferido los poderes que solo existen más allá de la niebla, dentro de lo desconocido, y también en el seno de las aguas. Cuando llega a tierra ya ha superado completamente su iniciación. Ya es un todo con el nuevo entorno que le rodea y totalmente capaz de hacerle frente. Su acero, convertido en relámpago por el contacto previo con el agua, es una luz en la penumbra. El Alatriste de mirada abatida que veremos más adelante es ahora un cazador de regreso al mundo pero con una extraordinaria habilidad para matar.

Alatriste portada

Portada de la edición especial de “El capitán Alatriste” (Alfaguara, 2009).

El color de una de sus prendas denota su condición de sumo héroe: el pañuelo ceñido a la cabeza, de tonalidad rojiza, que le acompaña en todo momento. En el rojo se conjugan las cualidades guerreras y el ardor impulsivo que le empuja siempre hacia delante. Unido al blanco reflejado en su camisa, ambos colores convierten a Alatriste en parangón de la fuerza vital, donde se cruzan el ardor del frenesí guerrero con la belleza interior del alma. Muestran un claro contraste con los atuendos negros que viste su némesis. No en vano el actor que encarna a Alatriste aludió, en cierta ocasión, al parecido cromático entre su pañuelo y la bandera de la tierra en la que nació su personaje, donde vemos a  un león rampante sobre un campo de gules.

La soledad será el futuro compañero de Alatriste. Como guerrero, necesita la soledad para medrar en su viaje y llegar a completar su destino. Cierto es que, durante el tránsito, goza de la compañía de grandes amigos, hombres y mujeres que siguen su propio camino, pero que solamente son sombras pasajeras en un viaje sin retorno. La soledad del guerrero Alatriste es total, profunda, y emana de toda su figura y en todo momento. Probablemente su mirada le traiciona en alguna ocasión dejando atisbar, en fugaces brillos azules, la tristeza de la que hace gala su nombre. En sus ojos apreciamos la mirada franca del hombre de palabra, la pesadumbre del amante rechazado. Y también se ve, en lo más recóndito, el presagio de su final. El destino de su viaje heroico.

Ese destino se encuentra en una llanura iluminada por un sol extraño. Es otro mundo el que se extiende a través de la planicie. Su desolación, su horizontalidad, nos trae a la memoria aquellas aguas tranquilas de las que emergió, años atrás, llevando consigo el fuego y el rayo salvadores. Ahora, esas armas han cobrado su tributo y han convertido al soldado Alatriste en un héroe consumado. Los resultados pueden verse por doquier en la muerte que le rodea. Pues tal es el cometido del gran guerrero, quien solo ha podido alcanzar el poder y la invulnerabilidad después de haber sufrido mil heridas y librado mil batallas. Las cicatrices recorren su piel pero también su espíritu. Su cuerpo narra una historia propia, única. Para encontrarse allí, al frente de un tercio español, el capitán tuvo que afrontar tremendos desafíos. Quizás el más importante fuera el haber mantenido indemne su capacidad de amar. Como una vez hizo otro gran hombre, el rey Arturo, al visitar a su antigua esposa Ginebra en el ocaso de su vida, así hizo Alatriste cuando entrega el collar a la mujer que siempre ha amado. La cultura hindú le denominaría jina, el conquistador de la paz del corazón. Este gesto es probablemente el que le eleva desde el mundo de los hombres que viven en la tierra, en la llanura, hacia las altas cumbres hogar de los inmortales.

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No vemos caer a Alatriste porque en su batalla final ya es una montaña. Lo que derriba a otros no le abate a él. Queda en pie, irreductible, en la primera línea. Y es aquí, al arrojarse al combate, cuando pronuncia su grito de guerra al hacer la furia del berserkr presa en él. Cuántos hombres admirables han sentido antaño lo que Alatriste siente en ese momento. Guerreros, bárbaros, incluso reyes, nacidos de la pluma del mejor Howard literario, habrían visto en el héroe leonés un alma gemela. No hay, como al principio, una niebla que lo envuelve todo y del que surge una figura. Sabe que es invulnerable, que nada le puede detener en su última hazaña. Sabe que no es el mismo que era antes, pues su transformación ya es completa. Y es el valor heroico el que le impulsa en su ataque final.

Porque, ciertamente, Alatriste es un hombre valiente.

 

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